Te elegiría mil veces más

Llueve. Son las cuatro de la mañana y me sorprendo dando vueltas en la cama. ¿Cuándo comencé a enterarme de lo que ocurría en la noche? Siempre he sido de esas personas a las que ni una bomba habría despertado. Pero estoy aquí, mirándote, mientras escucho el ruido persistente del agua golpeando los tejados de las casas. Y me tapo hasta las orejas mientras me acurruco cerca de ti. Y no te inmutas. Sigues relajado, ensimismado en tu sueño profundo. Y sonrío, porque me hace feliz verte así. Me hace feliz verte.

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Pienso en la suerte que tengo de tenerte. Mi felicidad no depende de nadie, ni siquiera de ti, pero me engrandece, tu amor sobrepasa mis propios límites y me enseña cosas cada día. Ahora soy mucho de lo que jamás pensé que sería. Y no has sido tú, hemos sido los dos.  La confluencia de dos almas que no han hecho más que amarse. Que siguen haciéndolo, a pesar de la adversidad, de las dificultades que surgen cada día y de los sinsabores que la vida se encarga de irnos obsequiando. Pero estás aquí. Yo estoy aquí. Y eso lo significa todo. No en presencia, sino en mucho más, en lucha, en fuerza, en ganas.

Siempre me dices que te he hecho ser mejor, pero ¡Ay si supieras! Tú me has dado tanto… Lo mejor de mi vida. Esas cosas que escapan del léxico, de los sentimientos y de lo hasta ahora inventado. Has creado una magia que ni cien vidas podrían haberla causado. Un aura que nos agarra con fuerza trayéndonos para sí. Y me hacen volar contigo, soñar contigo y amarte más.

Siempre he sido un rato peliculera, soñadora y romántica hasta decir basta. Pero contigo he aprendido su significado real. Y no tiene nada que ver con relaciones idílicas, lluvia de corazones y canciones como banda sonora. El amor es dedicación y constancia. Es tener esa certeza absoluta de querer andar para siempre de su mano, inclusive en los momentos que la tormenta amenace con apagar la llama. El amor es que me veas hecha una piltrafa y aún así sonrías y me digas lo bonita que estoy. Es irte corriendo al quiosco en busca de gusanitos de mantequilla porque acabo de decirte que me apetecen como lo que más. El amor es tu preocupación en el rostro cuando me encuentro mal. Y los mensajes que me envías cuando me tienes lejos. Me has hecho entender que no hacen falta palabras bonitas cuando tus ojos lo dicen todo. Que no existe una escala gradual para calcular la intensidad con la que se siente. Y de nada sirve situarla en la tierra o la luna. Simplemente está ahí, en todo su esplendor. Esperando recibirla con los brazos abiertos y cobijarla con millones de besos. Ni tú amas más ni yo siento menos. Cada uno lo hace con la vehemencia de la que es capaz. No hay dos personas iguales, ni dos formas de amar similares. Por eso he aprendido también, que no se puede esperar que alguien sienta de la misma forma que tú, porque no hacerlo no significa que no lo haga con todo su ser. Hay que tener cuidado con las palabras que se dicen y cómo se dicen. Y sobretodo estimar cada pequeño detalle del otro y situarlo en el escalafón que se merece. Como algo auténtico, sincero e irrepetible.

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Pienso en la primera vez que te vi. En como mi ingenuidad adolescente desconocía todo lo que significarías para mí. Pero el destino, la vida, o nosotros decidió/decidimos unir los caminos para hacerlo uno. Y me satisface, a la vez que enamora, saber que si tropiezo me sujetarás con fuerza. Y yo estaré ahí para ti. Para correr a tus brazos, sostener la cantimplora o asegurarme de que tu mochila pese cada día menos. Porque a pesar de las experiencias que nos van encontrando, algunas o muchas resultan necesarias dejarlas marchar.

Ahora, en el momento en el que nos encontramos, surgen infinidad de dudas a diario. Y aunque consigamos quedárnoslas para sí, se perciben. Yo lo hago, al igual que tú. Porque nos conocemos hasta la saciedad.

Pero te aviso: No tengas miedo. Serás capaz de todo y de mucho más. Y te sorprenderás a ti mismo, de la cantidad de cosas que desconocías, y seguiremos creciendo juntos, aprendiendo a la vez, sumando a la vez. A mí también me tiembla la voz y las piernas me flaquean. Porque los grandes pasos conllevan grandes responsabilidades. Pero estoy convencida que podremos con todo, juntos siempre es así.

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Y no lo olvides, ni ahora ni nunca: Hoy, mañana y siempre, en esta vida o en cualquier otra, seguiría apostando por ti, creyendo en ti, enamorándome de ti. En definitiva, una y mil veces más.

No busca amor

Ella era, ¿Cómo lo diría? Una de esas personas que se resignan, que no van a por todas, que no esperan más de lo creen merecer. Y siempre se consideran poco. Vagabundean amor. Andan cavilosas entre los adoquines de la ciudad, con la mirada gacha y la esperanza perdida. Sin destino determinado. Con migajas de sueños en los bolsillos y sombras de todo lo que quisieron ser. Pero ya no luchan. Ya no creen. Se conforman con dejarse arrastrar. Con quedar empapadas hasta que cale en los huesos.  No se cobijan. No desafían al mundo a base de buenas intenciones. Sólo esperan. Y que llegue lo que tenga que llegar.

– Ahora, ya no busco amor.- Me dijo de soslayo evitando cruce intenso de miradas.

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Y no supe que decir, ¡Porque le hubiera dicho tanto! Pero al fin y al cabo, ¿Quién soy yo para dar lecciones? Quizá la tonta que avista el amor en cada rincón. Que cree en él hasta la médula. Love is in the air, everywhere I look around. Love is in the air, every sigh and every sound. (El amor está en el aire, en todos los sitios a los que miro. El amor está en el aire, en cada suspiro y en cada sonido). Que ya lo decía John Paul Young en su canción. Y no voy a ser yo la que le contradiga.

Así que ahí nos quedamos, dos tontas muy tontas mirando cada una en una dirección. En silencio, dando puntadas con el zapato a la nada. Sólo se oía el traqueteo del roce en el suelo. Y mis razones que gritaban para sí esperando que mis labios pronunciaran palabra alguna, pero ahí se quedaron, ni pío.  Y días después no dejo de darle vueltas. ¡Qué oye! Cada uno tiene el derecho de esperar lo que le plazca, ¡Pero mira que negarse al amor! Ya sea en la forma que sea, bajo la sombra del olmo o la del chopo, o espera, mejor aún, el cocotero. Que a veces hubiéramos necesitado de una buena tunda en la cabeza. Que nos ordene las ideas, que repare las viejas bisagras o cure las heridas del alma.

Porque ya se sabe. Vamos acumulando trastos inútiles y al final no sabemos dónde meternos ni nosotros mismos, porque no hemos dejado hueco para lo nuevo. No hemos vaciado el armario y expulsado de él todos esos suéters que pican, los zapatos que duelen o el abrigo que pasó de moda. Y por mucho que queramos renovar nos es imposible. A veces, nos aferramos tanto al dolor, a las experiencias que no fueron gratas, a los recuerdos que empañan los ojos de vaho que nos impedimos esquivar los obstáculos y ver más allá. Porque siempre hay opción. Siempre hay ese algo que ilumina de luz las sombras.

Y, ahora, resguardada de ese aleteo incesante de realidad que me abofeteó en forma de palabras, te diré todo lo que no pude. Lo que por el motivo que sea no me atreví a decir.

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Eres bella, y fuerte. Y todo se pierde en el momento en el que uno se rinde. Bajar los hombros y mirar abajo no es opción. Tampoco hacerlo en otra dirección, por muy fácil que te parezca. Nada que merezca la pena se ha conseguido jamás sin esfuerzo, sin valentía y sin ganas. La vida no regala, recompensa. Por cada caída una flor te sanará la herida. En cada fracaso un abrazo te estará esperando. Cuando se pierde también se encuentra. Hoy llueve y mañana sale el sol. Las nubes tapan las estrellas, y no verlas no implica que no estén. Siguen brillando, con una luz que deslumbra a su paso. No dependen de nadie para hacerlo. Y todos las admiramos. Querríamos alcanzarlas con las manos, sacarlas de su hábitat y esconderlas en un cajón. El nuestro. Pero así no va la cosa. No podemos brillar a costa de nada. No podemos apagar el fulgor de otros. Hemos de encontrar el nuestro. Que florezca de nuestras entrañas. Que se nutra de nuestra esencia. Que comparta nuestras mismas huellas dactilares, nuestro mismo patrón.

Jamás desesperes, que no sea esa tu respuesta. Lo bueno trae cosas mejores. Y el amor está ahí. Con 20, 30 o 70 años. Está. Lo imagino como un imán bien grande, y debes estar receptiva y en consonancia con el universo. No puedes darle la espalda. No se puede vivir a la greña con él porque es bello y natural. Creo que te has dicho a ti misma tantas veces que no lo mereces que has terminado por creértelo. Y no hay nada peor que sentir que no formas partes. Que encontrarte perdida entre un montón de gente y no saber a dónde tirar. Pero estoy aquí. Si te tranquilizas, respiras hondo y comienzas a situarte en el lugar exacto en el que estás me verás.

Por alguna extraña razón me has contado cómo te sientes. Por alguna otra has decido negarte a algo en lo que siempre has creído. Por muchas otras te arrinconas aquí. Con estos pensamientos, con esta falta de agallas y con esta tristeza ya aceptada y asumida por ti.

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Por otras razones, quizá porque me niego a creer que alguien quiera huir del amor, me encuentro tecleando a toda prisa, aporreando sin contemplación el teclado a la espera de que puedas leerme. Que consiga a través de estas letras llegar a esa parte vulnerable de ti y florezca algo de lo que pueda aportarte. Intentar una operación a corazón abierto si es necesario. Pero no me hagas llegar hasta ahí. Sacúdete el polvo y sal a bailar. Rompe las mil espinas como el que despedaza una flor. Diciendo adiós a esos “noes” esperando quedar con el “sí”.

Mañana, ¿Quién sabe?

Que alguien a quien quieres te falle está en la lista “top” de las cosas que más duelen. Puede que la sitúe entre las tres primeras de la lista. Porque seamos sinceros, una caída duele mucho, desprenderse por los escalones como si únicamente fueras un saco de huesos te machaca enterito, pero… ¡Ay la decepción! Esa sensación de caer al vacío más profundo. De nublarse la vista y no encontrar palabras con las que lamentarse, las que describan exactamente cómo te sientes o qué esperas a partir de entonces. Porque el alma estalla sin compasión. Y los miles de cristalitos esparcidos por el suelo son tan diminutos que resultan imposibles de recomponer. Y ni siquiera sabes si deseas hacerlo.

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Es complicado vendarse los ojos y saltar sin cuerda por alguien. Pero lo hacemos. Siempre existe esa persona por la que navegaríamos sin rumbo. Por la que nos perderíamos sin saber qué será de nosotros. Por la que ni siquiera buscaríamos razones. El corazón basta, el impulso, el deseo de creer en la perfección de dos cuerpos, de dos almas que se encuentran para cabalgar al unísono, nos resulta suficiente.

Pero, ¿Qué ocurre cuando la persona por la que habrías sido capaz de hacer trizas tu mundo te decepciona? Que no queda nada. Ni ilusión, ni fe, ni ganas de que las hayan.

Soy una persona reservada. No me entrego a la primera de cambio, no desnudo mi corazón a diestro y siniestro. Soy precavida, bastante observadora y con una sensibilidad que ralla en el absurdo. No me gusta hablar por hablar, ni opinar por opinar. Intento ser lo más sensata posible y fiel a la persona que se oculta entre la imagen tan distinta que represento, de mujer fuerte, con un carácter imposible de domar. Con principios y creencias férreas. Con independencia y resolución.

Sin embargo, pocos saben que camino a tientas entre la gente, de puntillas, como un halo entre la muchedumbre floreciendo únicamente cuando creo que debo hacerlo. Cuando alguien se gana mi confianza hasta el punto de quedarme sin nada. Sin máscara, sin sombras, sin miedos.

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Por esa misma razón, la confianza es la base fundamental con la que construyo las relaciones que me rodean. Tiendo la mano aún sabiendo que podrás soltármela pero esperando que no lo hagas. Que decidas no hacerlo. Porque soy mucho más vulnerable de lo que crees. Y también me vengo abajo. También caigo  y necesito que me ayudes a levantar. Soy de carne y hueso, la sangre fluye por mis venas y mi corazón llora. Y no espero que seas el héroe del cuento. Ni que lleves la gabardina repleta de galardones. Te necesito a ti. Tan real como yo intento ser contigo. Transparente. Sin envoltorio. Sin parafernalia barata.

No quiero una decoración vintage, ni flores que endulcen el ambiente, no necesito velas que iluminen las sombras. No quiero regalos que enmascaren la verdad. No quiero sentir este dolor porque masacra todo lo que creía que éramos. Y duele mucho.

Necesito que seas capaz de mirarme cada día a los ojos con honestidad, sin medias tintas, con la cabeza erguida y la verdad por montera. No necesito florituras. Ni que intentes calmar mi sed. Me basto y me sobro para abastecerme. No quiero que suavices las palabras que quieres soltar por tu boca. Las dices y punto. Sin intermediarios ni intermitentes. Todo de una. No necesito que construyas castillos, ni puentes en los que cobijar tus ausencias. Sé que eres parco en palabras. Por eso te pido acción-ReAcción. Porque nunca he creído en lo que se dice hoy, y mañana se olvida. Es un “cada día”, no tener que dar nada por hecho. Porque igual que se hace se deshace. Y las personas tenemos límite. A veces, da la sensación de que jamás rallaremos en él, que la paciencia es infinita y el amor todo lo puede. Pero no es así. Un buen día te levantas y explotas. Y todo lo que has ido aguantando a lo largo del tiempo rebrota en ti y dices BASTA. La espuma comienza a salirse del tiesto y ni a dos manos consigues mantenerla a flote, se desmorona, se desploma al igual que tu mundo. Y de pronto eres otra, con diferentes metas, con distintos objetivos, con antagónicas prioridades. Y todo cambia. Y la pena es que no hay vuelta atrás. Que marcharé sin mirar por el retrovisor. Sin percatarme siquiera del equipaje y todo cuanto se queda en tierra firme. Apretaré el acelerador tan fuerte, que se formará una buena humareda. Para dejar constancia de “Yo estuve aquí y te quise”. Para que segundos después siga recordándote todo lo que marchó. Sueños, vida, lucha, esperanza y AMOR.

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Por eso te digo, que no sea necesario perder para valorar. Hoy estoy aquí, mañana… ¿Quién sabe?

“Siempre supo lo que tenía, pero jamás pensó que lo perdería”.

Reblandeciendo un corazón

Hoy, es un día de esos, en los que me siento frente al ordenador y las palabras se me amontonan en la mente. Quiero que mis dedos tecleen deprisa, que no se pierdan nada de todo lo que quiero escribir. Pero son más lentos. No pueden ir en consonancia con la rapidez con la que pretendo machacarlos. Y ya se sabe… Despacito y buena letra.

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Hace unos días fui al cine. Y no, no es una heroicidad ni un hecho destacable por sí mismo. Sin embargo, se me hace imposible no nombrarlo, dejarlo apartado a un lado como sí no hubiera importado. Porque lo hizo. Algo en mí cambió esa noche. Y no exagero. Lo escribo con el corazón en la mano (casi literal).

Me decanté Nos decantamos por “Antes de ti”. Y menos mal que así fue. Es una de esas películas que atraviesan en mil agujeritos el alma, como si rayos de sol estuvieran perforando en ella. Te dejan tocado. Machacado. Extasiado. ¡Y bendito sea!

Es una de esas películas que te dejan sin palabras. Suspiras con los créditos finales y, cuando terminan, necesitas de un buen estruendo y tiempo (bastante tiempo) para volver a la REALIDAD. Se hacen imprescindibles unos segundos para concienciarse de lo que allí acaba de ocurrir.

Es una lucha por parte de la protagonista entre su deseo y la aceptación del deseo contrapuesto de otro. Una batalla tremenda con la que lidiar sin perder la sonrisa, la humanidad, la belleza de la honestidad y la grandeza del amor. Una auténtica lección de vida.

Las personas necesitamos creer en el lado bueno de las cosas. Necesitamos imponer esa exigencia a aquellos que le son negados. ¡Y nos cuesta horrores aceptar la posición de otros cuando distan tanto de la nuestra! Cuando nos resulta imposible de ver, de creer, de entender. Nos aferramos a la idea de conseguir que vean la verdad a través de nuestros ojos. Que entiendan cómo nos sentimos o cómo amamos. Y no se puede debe intentar cambiar a las personas, lo único que se debe hacer es AMARLAS. Por lo que son. Con sus virtudes y defectos. Con sus decisiones, incluso aunque no las entendamos o compartamos. Con su coraje y el apego a aquello que desean. Somos seres únicos, independientes, con nuestros pensamientos diversos y nuestras circunstancias extrapoladas. No podemos juzgar a otros sin calzar sus zapatos, sin andar su camino, con sus obstáculos diferentes, con sus VERDADES, que también lo son.

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Es complicado aceptar que alguien a quien amas decida marcharse. Sólo encuentras razones para que no lo haga, intentas por todos los medios hacerle ver las infinitas oportunidades que tiene, que cabeceé, que vuelva la vista atrás y consiga ver la luz y el brillo en las pequeñas cosas. Que se sorprenda con nuevas experiencias, emociones y sentimientos que creyera olvidados. Pero no hay nada peor que sentir que se carecen de POSIBILIDADES. Porque ya lo dice Will en su carta final “Saber que las tienes es un lujo”. Poder contemplar el horizonte sabiendo que no tiene fin, que se ampliará a cada paso, que crecerá con cada sueño, con cada ilusión, con cada esperanza. Tener la certeza que levantarás mañana pudiendo cumplir con lo deseado. Que vivirás, de una forma u otra, pero tu existencia quedará marcada por tus pasos, por tus decisiones y por la huella que decidas crear, pero al fin y al cabo es eso, VIVIR, respirar, oler, sentir, ESTAR.

Y a pesar, de que creas, con toda la fuerza de la que eres capaz, con una firmeza absoluta, sin titubeo, sin temblor al escribir, sin dilación, que puedes cambiar la visión del otro, su parecer respecto a su particular visión del mundo, no te equivoques. Lo mejor que puedes hacer es admitir sus verdades, su realidad. Ser capaz de sonreír ante la adversidad. Ante el temblor de piernas que pueda producirte determinada situación. La forma en la que decides vivir a su lado, quede lo que quede, la forma en la que decides admitir el hecho que te concome, será el que lo determinará todo.

Me gusta la sonrisa de LU, cada día, por todo, a pesar de todo. Me gusta su dulzura, su inocencia, su bondad. Me gusta esa necesidad de dar AMOR. De entregar sin esperar recibir. Me gusta que sin ella darse cuenta, con esa paciencia infinita, con esa magia que irradia, cambie la existencia de alguien que ya no espera nada. La espontaneidad, la empatía, la alegría que trasmite, son decisivas para reblandecer un corazón demasiado machado por una vida carente de ilusión.

Puede que con las muchas enseñanzas que trae consigo la película, me quede con esa. La autenticidad, la fe en las personas y las cualidades impalpables que uno sin saberlo va derrochando allá donde va.

Serena playa

El grano de arroz, la gota del mar, la sonrisa de complicidad, el gesto de apoyo, el silencio, la amabilidad… SÍ pueden cambiar el mundo, o mejor aún, cambiar el mundo de alguien.

¿Qué quieres tú?

Soy tan romántica como para creerme los cuentos de princesas. Tanto como para suspirar en las películas ñoñas, lágrima disimulada y pañuelo en mano, algún que otro suspiro y azúcar en cantidades desorbitadas.

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Me acuerdo de pequeña, bajaba con mi hermana al videoclub, paseábamos entre las hileras de estanterías repletas de películas, y al final siempre nos decidíamos por las mismas, las que nos harían llorar, soñar con la representación más quejumbrosa y sensiblera del amor. Esperando algún día poder ser las protagonistas de historias profundas, sinceras, que merecieran ser contadas. Poder escribir en cuadernos el significado del amor,  después de haber reído mucho, amado mucho y soñado más. Esculpir en cada escena al príncipe que nos llenaría de rosas, que nos haría sentir como nadie tal vez.

Y teníamos fe en que así sería. Que la realidad puede superar cualquier ficción. Que mientras existan personas que imaginen cosas bellas, que plasmen en libros, filmes, poesía o cualquier derivado de arte, sentimientos que ericen el bello de la nuca, todo será posible. Porque lo que uno imagina es. Porque la ficción nace de una mente que constantemente quiere más, que no se conforma, que arriesga, batalla y gana.

Yo he sido de esas que necesitaba tener a mano una libreta donde anotar frases que me llegaran al alma, provinieran de donde lo hiciesen. Solamente necesitaba haber sentido el escalofrío necesario para correr en busca de algún bolígrafo, mientras repetía una y otra vez la misma frase esperando no perder ninguna palabra en el camino.  He transcrito trozos de canciones que han terminado esparcidos entre páginas pérdidas de mi escritorio. He subrayado frases de libros que como dardos me machacaron el corazón, esperando poder ser releídos cuando los creyera olvidados. Y adopté como mías frases que escuché y describían a la perfección una realidad que vivía.

Y ahora, observando cómo todo se viene abajo. Como nadie espera encontrar al amor de su vida sentado en una cafetería con capuchino caliente y una lluvia a mansalva en la calle, quiero creer más en ello si cabe. Quiero ondear mi bandera de romántica empedernida sin miedo al qué dirán. A las modas que pasan y a las decepciones que curten a uno y lo alejan cada vez más de aquello que algún día creyó.

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Me entristece que la realidad quiera vapulear y arrasar con los sueños, que pretenda borrarnos la sonrisa de la cara y la mirada chisposa, de felicidad, de pureza, de fe en todos los sentimientos que nacen de las entrañas, que no se pueden evitar, y que cuando uno lo intenta casi siempre terminan jugando malas pasadas.

¿Dónde quedaron las cartas de amor? ¿Las postales de viajes esperando que lleguen al destino antes que tú? Revisar ansiosa el buzón, con manos temblorosas esperando encontrar tal remite. Y sonrisa de oreja a oreja. Vueltas sobre ti misma con sobre en mano. Y dejarse caer en la cama, como si flotaras, porque alguna parte de ti lo hace. Se conectan dos almas entre un par de líneas. Alguna palabra deja entrever cosas que se pretender obviar. Pero inciden y lo notas, como ha pellizcado tu alma, como ha conseguido destronar con poco a la princesa encantada, porque no ha hecho falta más que magia escrita con tinta y pluma, con posdata incluida y detalle en el reverso.

Y creo que dos personas que anteponen el bienestar del otro al de uno mismo tienen derecho a todo. Creo que a veces no hace falta más que esa conexión imperceptible que dos cuerpos sienten sin saber porqué. Ese famoso revolotear de mariposas en el estómago que no hace sino incrementar las ganas de volar más alto.

Creo en los amores para siempre. Los que con el pasar de los años se cogen más fuerte. Creo que nadie se merece vivir a la sombra de lo que cree merecer. Que siempre se puede más. Que el amor no va de resignación sino de libertad. De poder escoger entre millones de opciones y decidir quedarse.

el diario de noah musica

Creo en las relaciones de toda una vida, en poder mirarse a los ojos y adorarse como la primera vez. Creo que si algo termina y no fue falta de amor, no perecerá jamás. Porque hay historias que deberían continuar de por vida. Y creo que algunas lo hacen en la distancia. Son capaces de marcar las pautas y lo silencios, las esperas, las llamadas que no llegan y los reencuentros que algún día serán.

Creo que hay determinados sentimientos que jamás se deberían negar.

“Deja de pensar en lo que quiere todo el mundo. Deja de pensar en lo que quiero yo. En lo que quiere él o en lo que quieren tus padres. ¿Qué quieres tú?”

Uno para el otro

“Eran un millón de pequeños detalles, y al sumarlos todos se veía que estábamos hechos el uno para el otro. Y yo lo supe, lo supe la primera vez que la toqué. Fue como llegar a casa, solo que a una casa que nunca había visto. Y fue al darle la mano para ayudarla a bajar de un auto… y lo supe. Fue como… magia” Algo para recordar.

Cuesta darse cuenta. A veces está justo delante y no hacemos más que buscar. Sacar los prismáticos para poder ver a lo lejos. Y es mucho más sencillo, mucho menos complicado, más natural si cabe. Porque no hay que esforzarse en escudriñar e indagar en cada rincón. Está justo al lado. Siempre lo ha estado. Soportando lo peor y lo mejor. Dejándose los hombros de tanta cabeza apoyada. Sin pañuelos de tanto que nos prestó. Consiguiendo salir airoso de desesperantes lunes y celebrando la llegada de los viernes invitando a cubos y tapas. Soportando el chaparrón de nuestras decepciones. De cada lágrima derrochada. Y nuestras noches de juerga. Nos conoce tanto que hasta nos asusta. Porque no puedes fingir un enfado, ni evitar reírte de mentirijillas piadosas. No puedes hacerte la dura o la fuerte con él. Te vienes abajo cuando sientes que las piernas se balancean y el labio comienza a temblarte. Y te conoce como ninguno, corre enseguida a sujetarte, a impedir que te caigas, a exponerte las razones para tus mil sonrisas.

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Hasta ahora ha pasado inadvertido. Ha sido como un hermano, el prototipo de hombre a poner como ejemplo. Pero era AMIGO. E imaginariamente existía una barrera de separación para delimitar la figura que se representa. Amistad sin más. O quizá con mucho más.

Y  sentiste un escalofrío cuando te sujeto del brazo suplicando que te quedaras. Le miraste a los ojos y te sentiste tú, en toda tu plenitud, desnuda, desarmada, sin ganas de huir. Porque estás en casa, estás segura y no te hace falta interpretar ningún papel. Basta con un moño desecho, un pijama viejo y la cara lavada,  sin signos de maquillaje o color. Basta con una mirada furtiva en mitad de una conversación entre amigos para entenderse, para sonreír por lo mismo, para entender el por qué, el qué se esconde detrás.

Porque sabe cómo te gusta el café, ha estado presente en cada una de tus decisiones, incluso en aquellas que te resultaron tan difíciles de tomar. Te apoyó en tus ideas más absurdas, en tus locuras más disparatadas, porque creyó en ti, aún lo hace, jamás ha dejado de hacerlo. Conoce cada una de tus sonrisas; la de compromiso, que se dibuja con una leve ascensión de los vértices del labio, dejando a los ojos cabalgar a sus anchas, siendo los delatores del acto; la de felicidad, que parece gritar al mismo tiempo, la que invita a los hoyuelos a asentarse con fuerza; la de tristeza enmascarada, que llora por dentro, que sufre también; la más triste de todas, la de decepción, la que odia verte. La que consigue que renazca en él la rabia. La fuerza por borrártela tan pronto como sea posible. La que pincha hasta hacer sangre y escuece como ninguna.

El amor es tan ciego que a veces él mismo se disfraza con otros atuendos, intenta engañarte, eludirte, y lo hace tan bien que lo consigue. Te distrae por completo. A veces, estás tan obcecada intentando encontrarle que te lo pierdes, te impides abrir los ojos lo suficiente como para darte cuenta. Esperas que sea como siempre has imaginado. Pero el amor es como es. No se busca, te encuentra. Quizá, solo quizá, solamente era cuestión de mirar a un lado. Y quizá, incluso era mejor de lo que habías imaginado.

Conoce a tu familia, es tu familia, fue uno más desde el principio. Tu madre te lo repetía y  tú lo negabas. Son años, muchos años ya. Muchos momentos juntos. Muchos veranos tirados al sol. Yendo a comprar raquetas de playa, hinchando colchonetas mientras moríais de risa con las caras que poníais. Te cedió el honor de saltar primero, de comer primero, de llegar primero.

Y siempre fue primero.

carrie

Tus novios estaban llenos de defectos para él. Sus novias no le veían como tú lo hacías. Tan increíble que faltarían vidas para entenderlo, para comprender esa exclusividad y distinción que marca. Quizá haya sido eso. El amor disfrazado de mejor amigo. Y tú evitando creer en él cuando lo tenías delante.

Reconforta saber que puedes cantar a pleno pulmón en el coche con él, miraros de soslayo y entender ese momento de complicidad como nadie otro haría. Conocer tus mil defectos y amarte por ellos, elegir quedarse en lo peor y en lo mejor. Que sea la primera persona en venirte a la mente cuando tienes una noticia grata que contar, y saber que se alegrará como tú, que daréis saltitos juntos a riesgo de parecer ridículos y que no le importará serlo por ti.

Que entre millones de personas sólo notará tu ausencia, vigilará impaciente el teléfono esperando que des señales de vida. Y sonreirá como si fuera la última sonrisa de su vida al verte. Tu llegada a la fiesta resultará impresionante, como en esas películas ñoñas románticas en las que parece que el mundo se paraliza, que el murmullo de la gente mengua y exclusivamente se la ve a ella, como tocada por la luz, con un vestido ALUCINANTE, con una naturalidad aplastante. Y titubeará. No encontrará palabras y tú no necesitarás decir nada. Lo sabrá, en ese momento lo sabrá.

Y no es el vestido, ni la  música, ni siquiera lo más o menos guapa que estés. Es ese feeling, ese no se qué que no se puede explicar, es eso que surge sin más cuando es la persona adecuada, cuando saltan chispas. Es esa seguridad desbordante de saber que no te equivocas.  Es esa electricidad, conexión o dilo como quieras, que se siente o no se siente.

paul newman

Es bonito saber y tener la certeza de que él siempre te mirará así. Como si fueras sorpresa, como si fueras amante, como si fueras amiga.

“No concordaban mucho, de hecho, casi nunca concordaban. Siempre se peleaban. Y se retaban uno al otro cada día. Pero a pesar de sus diferencias, tenían algo importante en común. Estaban locos el uno por el otro”. El diario de Noah

Próxima parada

Todas las personas se encuentran librando alguna batalla. Eso es así. La vida es así. Nadie dijo que las cosas buenas fueran fáciles y mucho menos que estuviéramos exentos de tener que sacar la artillería pesada en el momento más inoportuno. No importa lo rosa que sea tu vida o lo mucho que te gustaría que fuera.  Estamos en el punto de mira, listos para ser sorprendidos a la mínima de cambio. Somos objetivos en potencia desde el minuto uno de vida, puede que incluso mucho antes.

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A pesar de la continua lucha que tenemos que guerrear y obligatoriamente ganar, soy de las personas que piensan que incluso toda esa “mierda”, perdón por la expresión, merece la pena. Siempre lo hace, porque cuando vengan las cosas buenas, que llegarán, como el arco iris después de una inmensa tormenta, sabremos el por qué, la razón, y entenderemos todo aquello que entonces nos resultaba imposible. Lo bueno llega, tarde o pronto pero llega. Y también se que la fluctuación y ese ininterrumpido vaivén de “bueno y malo, de peor o mejor” nos hace reconocer, constatar y valorar infinitamente más cada momento, cada intersección en la que nos encontremos sin saber a dónde tirar.

Viajando en el metro, en uno de esos días que no hay prisa, me puse a observar a la gente e imaginar sus vidas. Un niño de no más de cinco años no dejaba de intentar llamar la atención de su madre sumida en la esclavizada vida tecnológica. Hacía carantoñas, no dejaba de moverse de arriba abajo, le acariciaba el pelo, la peinaba con sus regordetes dedos, e intentaba él también ser partícipe de la conversación vía WhatsApp que posiblemente ella estuviera manteniendo. Era pura y sencillamente un grito de socorro, de aviso, de “estoy aquí”. Su pequeña lucha, su “hacerse notar” me conmovieron profundamente y me hicieron reír. Aprendemos rápido y desde bien temprana edad ya nos conocemos todos los recovecos necesarios para pegar la fuerte patada en el suelo y decir “basta”.

Unos metros a mi derecha un chico joven con los cascos puestos, la música excesivamente alta y mirada perdida. Quizá dejándose llevar por todo ese ruido que a vista de otros no dice nada y a él se lo dice todo. Seguramente encerrado en el mundo que solamente él cree entender. Huyendo, volando, reivindicando su lugar. Expresándose a su manera, sintiendo a su manera. Evocando. Imaginando. Creyendo que algún día llegará. Dando color a las sombras. Ahuyentando el miedo haciéndose notar. O escondiéndose de aquellas cosas en las que no cree. Un minuto para sí mismo. Una canción que parece esconder la óptica idónea para presumir de un deseo. Le habla de lo que vive y grita por él. Y se siente a gusto, resguardado, cobijado entre el calor de palabras, sonidos, notas, acordes de guitarra.

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Una mujer mayor me mira y yo la miro a ella. Sólo observa, como yo. Tiene las manos entrelazadas y una manicura cuidada, perfecta. Alguien me dijo una vez que las manos delatan, que hablan por sí solas. Yo también lo creo. Las arrugas surcan el dorsal de su mano, la perfilan y endulzan. Lleva alianza, siempre me suelo fijar en ello. Creo que debe ser luchadora, fuerte, no sé, lo noto. A pesar de lo dura que puede haber sido su vida no debe perder la esperanza, sus ojos le siguen brillando, ahí debe haber mucho amor. Habrá abrazado mucho y reído, también llorado. Habrá curado heridas a besos y corazones rotos con chocolate caliente y abrazos a montones. Tiene que ser metódica y dulce. Casi puedo ver plasmados en su cara la infinidad de besos que ha recibido. Debe dar mucho sin esperar nada. Me recuerda a alguien. La veo un poco a través de ella. Se acaricia el pelo y suspira. Es su parada. Poco a poco se incorpora y con paso lento se marcha. Ha enternecido mi corazón y ella sin saberlo. Ya ves. El halo familiar y de confort que ha dejado me acompaña rato después. Eso me sorprende, la capacidad de crear sensaciones en otro, incluso ajeno a nuestra propia vida, sin conocernos.

Una pareja de quinceañeros discuten. Él levanta la voz, ella murmura palabras sueltas, como si de un susurro tratara. Automáticamente dejan de hablar. Ella clava la mirada al frente y él cabecea al son de sus pensamientos. Quizá indignado, enrabietado o cabreado. Las fracciones de su cara comienzan a suavizarse. Aún así no cede. Ha decidido guardar silencio. En otro momento será. Ella sigue absorta, ensimismada. No tiene prisa y tampoco le incomoda la situación, parece tranquila, está dispuesta a olvidarlo todo, a caminar a paso lento y Dios dirá.

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El amor es un poco eso, bajar la guardia, tomarse un tiempo para respirar. Es conocer al otro. Dejar de tirar en contra dirección. Ceder. Soltar el freno.

El amor es paciencia y comprensión. Lo debe ser incluso sin entender nada. A veces no se necesita más que el silencio, saber que el otro estará ahí incluso cuando saque a relucir su peor faceta. Porque la vida está llena de momentos realmente bellos con personas imperfectas. Hoy le toca a él y mañana será ella.

Lección aprendida.

Suena el aviso de próxima parada. La mía.

Tú y yo nos vemos otro día.