Comprométete

Eres una persona extremadamente dulce. Eres dulzura en estado puro. Todo en ti es así. Tu forma de hablar, de expresarte, de sentir… Te miro y veo infinidad de cualidades. ¡Y tú sin saberlo! ¡Vaya paradoja! Tienes que creer más en ti. Me gustaría que lo hicieras. Que transformaras toda esa bondad que desprendes y consolidaras tu esencia. Que fueras consciente de las posibilidades que ofreces, que tienes.

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Saca el carácter. Vuélvete loca por un rato, o por mucho. Muérdete las uñas. Pellizca donde más duela. Equivócate. Deja de andar por las ramas y baja a la tierra de un salto. ¡Y qué si duele! ¡Y qué si fallas! No quieras controlarlo todo. No quieras agradar a todos. Eres como eres. Maravillosa, auténtica, extraordinaria. No intentes moldearte para encajar en ningún canon, porque no lo harás, no debes hacerlo. Brilla con tu propia luz. A sabiendas que otros querrán que se apague. No les des el gusto. No caigas en sus temidas redes.

Envalentónate. Salta y baila sin freno. Descarrílate. Enamórate de lo opuesto, de lo imposible. Y no declines ante nada. No bajes la cabeza. No aminores el paso. Suéltate el pelo, corre sin miedo. Mira adelante y canta. Grita si quieres. Que nadie enmudezca tus palabras. Que no se conviertan en silencios. Crece sin pensar en cómo. Madura con el tiempo. Déjate arrastrar por la sana locura. Y no tengas miedo.

Te lo pido. Coge tu corona de princesa y lúcela. Pero de verdad. Cómprala en el chino o en la tienda de la esquina. Llévala con orgullo. Allá donde camines te estarán mirando. Y tú así de feliz. Tanto como quieras. Me gusta verte sonreír. Tienes la sonrisa más bonita de todas, ¿Te lo había dicho?

No supliques amor. Él vendrá a ti algún día. Las cosas saldrán bien solas. Pero ya te lo digo, necesitas creer EN TI. Quiérete mucho para que otros te quieran. Refuerza tu autoestima. No quieras tenerlo todo atado. Deja que fluya. No intentes buscar porqués cuando no hay razones. Es y Es. Simple y llanamente. No te esfuerces cuando la tormenta está en contra. Hay veces que es necesario dejar ir. Perderse por otros caminos. Descubrir y asombrarse con parajes nuevos. Escala, investiga, rema, suelta el freno. Bucea en las profundidades. Enamórate del coral, del color de las aves, del verde de los campos.

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Hay muchas maneras de conquistar batallas. Tú eliges cómo.

Te lo aconsejo. Llénate la casa de post-its. Que te recuerden todo lo que eres. Llénala de buenas palabras, de buenos pensamientos, de extraordinarias ideas. Levántate con un “Buenos días princesa” asomando desde la lamparilla de tu cuarto. Que la palabra “sonríe” defina tu día. Pégala en el cristal del lavabo, acompañado de una carantoña de esas que inevitablemente surcaran una mueca en tus labios. Construye proyectos. Listas de cosas que te gustaría hacer. Y llévalas a cabo. Comienza en orden de prioridad. Lo que más ilusión te haga que encabece la lista. Te motivará a continuar. Y no pases a la siguiente hasta haberla hecho tuya. Hasta verla cumplida. Esas pequeñas victorias engrandecen el alma. Y te ayudan a florecer hasta límites insospechados.

Cambia de actitud. Radicalmente. Y haz lo que sientas. Sin miedo al “qué dirán”, ¡Ya ves! , ¿Qué más da?

Construye puentes, lazos a los que poder volver cuando te sientas sola, cuando queden ocultos los motivos para permanecer al pie del cañón, porque te aviso, ¡Ocurrirá! Lo bonito no permanece, al igual que lo feo, se esconden por momentos, y necesitas estar alerta, tener la fuerza necesaria para derribar los bloques y muros que te rodeen. Todo, absolutamente todo es como una espiral que no deja de girar. Igual estas arriba que abajo. Igual estás de un lado que de otro. Y todo cambia. Todo puede hacerlo con un simple CLICK. Y cambio de posición. Pero en eso mismo reside la grandeza. En la obligación de agradecer las cosas buenas que ocurren y disfrutarlas hasta no dejar ni gota, como en la necesidad de tomar lo malo como un reto y ser suficientemente fuertes y autodidactas para aprender de cada lección de vida.

Toma decisiones. Deja de lado las ganas de huir y comprométete. Con las personas, con las ideas, con tus aspiraciones, con tus deseos. CON LO QUE QUIERAS pero HAZ planes. No importa si todo comienza por apuntarse a un curso de BIKRAM YOGA o AQUAFITNESS. La importancia reside en tu predisposición a elegir. A saber qué quieres o qué buscas. Y si te equivocas lo dejas. Tantas veces como sea necesario. No temas fallar pero inténtalo. No te complazcas con seguir al resto. Que nadie decida por ti. Has de ser tu propio motor. Abastecerte de tus impulsos. PROBAR PARA CREAR. EQUIVOCARSE PARA ENCONTRAR.

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Hagamos un trato. No crucemos más palabras. Al menos por ahora. Que baste el silencio para entender que todo comienza con un cruce de miradas.

Espero verte al otro lado.

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Mañana, ¿Quién sabe?

Que alguien a quien quieres te falle está en la lista “top” de las cosas que más duelen. Puede que la sitúe entre las tres primeras de la lista. Porque seamos sinceros, una caída duele mucho, desprenderse por los escalones como si únicamente fueras un saco de huesos te machaca enterito, pero… ¡Ay la decepción! Esa sensación de caer al vacío más profundo. De nublarse la vista y no encontrar palabras con las que lamentarse, las que describan exactamente cómo te sientes o qué esperas a partir de entonces. Porque el alma estalla sin compasión. Y los miles de cristalitos esparcidos por el suelo son tan diminutos que resultan imposibles de recomponer. Y ni siquiera sabes si deseas hacerlo.

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Es complicado vendarse los ojos y saltar sin cuerda por alguien. Pero lo hacemos. Siempre existe esa persona por la que navegaríamos sin rumbo. Por la que nos perderíamos sin saber qué será de nosotros. Por la que ni siquiera buscaríamos razones. El corazón basta, el impulso, el deseo de creer en la perfección de dos cuerpos, de dos almas que se encuentran para cabalgar al unísono, nos resulta suficiente.

Pero, ¿Qué ocurre cuando la persona por la que habrías sido capaz de hacer trizas tu mundo te decepciona? Que no queda nada. Ni ilusión, ni fe, ni ganas de que las hayan.

Soy una persona reservada. No me entrego a la primera de cambio, no desnudo mi corazón a diestro y siniestro. Soy precavida, bastante observadora y con una sensibilidad que ralla en el absurdo. No me gusta hablar por hablar, ni opinar por opinar. Intento ser lo más sensata posible y fiel a la persona que se oculta entre la imagen tan distinta que represento, de mujer fuerte, con un carácter imposible de domar. Con principios y creencias férreas. Con independencia y resolución.

Sin embargo, pocos saben que camino a tientas entre la gente, de puntillas, como un halo entre la muchedumbre floreciendo únicamente cuando creo que debo hacerlo. Cuando alguien se gana mi confianza hasta el punto de quedarme sin nada. Sin máscara, sin sombras, sin miedos.

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Por esa misma razón, la confianza es la base fundamental con la que construyo las relaciones que me rodean. Tiendo la mano aún sabiendo que podrás soltármela pero esperando que no lo hagas. Que decidas no hacerlo. Porque soy mucho más vulnerable de lo que crees. Y también me vengo abajo. También caigo  y necesito que me ayudes a levantar. Soy de carne y hueso, la sangre fluye por mis venas y mi corazón llora. Y no espero que seas el héroe del cuento. Ni que lleves la gabardina repleta de galardones. Te necesito a ti. Tan real como yo intento ser contigo. Transparente. Sin envoltorio. Sin parafernalia barata.

No quiero una decoración vintage, ni flores que endulcen el ambiente, no necesito velas que iluminen las sombras. No quiero regalos que enmascaren la verdad. No quiero sentir este dolor porque masacra todo lo que creía que éramos. Y duele mucho.

Necesito que seas capaz de mirarme cada día a los ojos con honestidad, sin medias tintas, con la cabeza erguida y la verdad por montera. No necesito florituras. Ni que intentes calmar mi sed. Me basto y me sobro para abastecerme. No quiero que suavices las palabras que quieres soltar por tu boca. Las dices y punto. Sin intermediarios ni intermitentes. Todo de una. No necesito que construyas castillos, ni puentes en los que cobijar tus ausencias. Sé que eres parco en palabras. Por eso te pido acción-ReAcción. Porque nunca he creído en lo que se dice hoy, y mañana se olvida. Es un “cada día”, no tener que dar nada por hecho. Porque igual que se hace se deshace. Y las personas tenemos límite. A veces, da la sensación de que jamás rallaremos en él, que la paciencia es infinita y el amor todo lo puede. Pero no es así. Un buen día te levantas y explotas. Y todo lo que has ido aguantando a lo largo del tiempo rebrota en ti y dices BASTA. La espuma comienza a salirse del tiesto y ni a dos manos consigues mantenerla a flote, se desmorona, se desploma al igual que tu mundo. Y de pronto eres otra, con diferentes metas, con distintos objetivos, con antagónicas prioridades. Y todo cambia. Y la pena es que no hay vuelta atrás. Que marcharé sin mirar por el retrovisor. Sin percatarme siquiera del equipaje y todo cuanto se queda en tierra firme. Apretaré el acelerador tan fuerte, que se formará una buena humareda. Para dejar constancia de “Yo estuve aquí y te quise”. Para que segundos después siga recordándote todo lo que marchó. Sueños, vida, lucha, esperanza y AMOR.

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Por eso te digo, que no sea necesario perder para valorar. Hoy estoy aquí, mañana… ¿Quién sabe?

“Siempre supo lo que tenía, pero jamás pensó que lo perdería”.

Ahora

¿Conoces esa sensación amarga de sentir que tu cuerpo te traiciona? Sí, como lo lees. A veces el cuerpo de uno mismo puede llegar a rivalizar con lo que el corazón siente o lo que desea. Puede jugarte una mala pasada y llevar a cabo un plan bien distinto del que esperabas para ti.

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Y sentí que me falló. Y por minutos me vi vencida, agotada, extasiada y sin fuerza. Porque también se acaban las ganas de luchar. No, eso nunca. Pero el miedo puede inundar tu mente y dejarte paralizada. Sin comprender. Sin entender. Jamás había vivido esa sensación de caer al vacío, de nublarse la vista y perder el rumbo. De dejar de ver, de sentir, de perder los cinco sentidos. Y sólo el corazón bombea, y la sangre se mueve por las venas. Creo que lo hace porque vivo.

Estoy recibiendo una lección de vida, y a estas alturas ya no sé si agradecerlo o echarme a llorar. Pero las lágrimas no solucionarán nada, nunca lo hacen. Al contrario, entristecen a uno, consiguen bloquearte y ser incapaz de ver más allá. Ya lo decía Phil Bosmans, si lloras por no haber visto el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas. Y no sólo eso, sino todo tu mundo de posibilidades. Porque las tenemos, aunque nuestra visión nos limite, aunque las circunstancias también lo hagan. Aunque el mundo entero parezca estar en contra, y tú remando sólo en la dirección equivocada. Y parece que no avanzas. Los brazos comienzan a resentirse, el agua y la fuerza de ella comienza a crecer y tú a debilitarte. Y crees no poder más, y olvidas el motivo que te llevó allí. Comienzas a perder la fe. Quizá no sea el momento, quizá el temporal necesite estar más favorable y quizá eso no dependa de ti.

Pero también se aprende, la vida en sí es eso, aprendizaje constante, de lo peor se saca algo, no puedo decir que lo mejor porque no siempre es así, pero algo sí,  ya sea en forma de experiencia o revestido con otro tipo de conocimiento.

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Estoy aprendiendo a aceptar las cosas como son y no como me gustaría que fueran. Y es duro de asimilar. Porque tienes que dejar a un lado tus sentimientos, tu coraza, tus ilusiones y presentarte desnudo. Sin filtros. Sin condiciones. Sin haber estado sometido a ningún tipo de prejuicio. Sin tener la conciencia viciada. Es ser capaz de recibir lo que la vida te trae con los brazos abiertos y la mente predispuesta. Es vaciar el peso de tu mochila y relajar los músculos. Sentirte libre para volar.  Aprender que la vida puede enviarte lo que necesitas con una envoltura que no esperas y no por ello será malo. Todo tendrá su razón de ser. Todo brillará de alguna forma. Quizá simplemente baste con cambiar de óptica. O de momento. O de camino. Hay distintas rutas que llevan al mismo sitio, algunas más complicadas, otras más sencillas. Pero tienes los utensilios necesarios para el desafío. Quizá sea hora de sacar la artillería pesada. Colgarse el machete al cuello, tener la tranquilidad y la seguridad de saber que podrás con todo.

“ A veces necesitamos dejar de analizar el pasado, dejar de planear el futuro, dejar de intentar definir como nos sentimos, dejar de definir exactamente qué es lo que queremos y solo dejar que pase lo que tenga que pasar” Carrie Bradshaw

No se puede condicionar la felicidad a algo concreto, a una fecha exacta. No puedes pensar que determinado acto o momento te salvará.  No puedes esperar que lo que tienes en mente ocurra para comenzar a ser feliz. Es una actitud peligrosa y dañina, porque constantemente te limita a estar sometido a algo o alguien. No haces más que poner tu felicidad en algo que no depende de ti, en algo que no puedes controlar. Y te lo pierdes. A cada paso algo termina para siempre. El momento se extingue. No hay otro. No habrá otro igual. Y tú pensando en tus planes, en lo que hacer en el momento X.  Y es ahora. Ahora es cuando debes sacar la lencería cara que guardas en el cajón de los momentos especiales. Ahora es cuando debes arriesgarte por aquello que sueñas. No esperes al momento perfecto porque no existe. Lo creas tú. Siempre habrán trabas. Siempre alguien estará dispuesto a hacerte la zancadilla. Si no llueve, lloverá. Si no truena,  lo hará. Si no es una excusa será otra. Las mejores toallas se utilizan hoy. El labial con el que te sientes sexy te espera en el neceser al que apenas le has echado mano. La felicidad es una actitud. La perfección está sobrevalorada. Los instantes, la dedicación, la magia que evoca cualquier nimiedad es lo verdaderamente importante. El aquí, ahora. La decisión. La fuerza de poder con todo, incluso con un vendaval.

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“La vida no es sino un río de cosas que pasan y se pierden. Veo una cosa por un instante, y ya pasó; y otras y otras pasarán… Pronto me llegará la orden: -Te has embarcado; has navegado; has llegado; desembarca.” Marco Aurelio.

Vale ya de buscar razones, encuentra tus propias respuestas. Asume el reto. Cambia de camino, y déjate sorprender por él.

Si te cambian las cartas, cambia de jugada. El verano llega. El sol comienza a calentar. El tiempo libre se multiplica. La risa es más fuerte. Lo bueno sabe mejor. La playa comienza a asomarse desde el horizonte de tu ventana. Las flores brillan con fuerza. Los viajes están para embarcarse en ellos. Puedes retroceder o lanzarte al vacío. Puedes cambiar de táctica y correr lejos o esperar.

Yo te espero al otro lado del charco. ¿Saltas conmigo?

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Deseos

Me gusta la gente de corazón. Esa que cuando te abraza te reconforta, en la que palpas sinceridad. Porque siempre lo he dicho. Hay abrazos y gestos sinceros, y abrazos y gestos corteses, esos que se dan porque tocan, porque se requieren. Y te aseguro que se distinguen, que uno los reconoce al instante. Transmiten un calor distinto, un color distinto, una forma de sentir distinta. Me zambulliría en ellos sin pensarlo, y no los soltaría nunca. Saben a estar en casa, a querer quedarse. Saben a familia, a nuevas oportunidades, a apoyo incondicional, a base, soporte, a dosis desmedidas de protección. Saben a autenticidad.

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Me gusta el olor que desprende el césped recién cortado. Me transporta al verano, a días soleados sin preocupaciones. Me hace recordar momentos felices. Me transmite calma, bienestar y mucha pureza. Me apasiona cobijar mis pies en él, y andar descalza, sintiendo cosquillas a cada paso, y algún que otro pinchazo, leve y bastante imperceptible, pero suficiente para recordar que es tierra  y hierbajos. Suficiente para reconocer que bajo cualquier halo de confort o placer también habrá pesar, y no por ello perderá valor, ni yo perderé las ganas de seguir estando o sintiendo. No por ello dejará de parecerme bello. Podría decir que incluso me gusta más que la sensación de caminar por la arena del mar. Y no por ello subestimo a ésta última, que siempre evocará nostalgia, romanticismo y paz.

Me gusta el olor a romero. Soy una acérrima partidaria de embadurnarme con él después de una ducha, con aceite de éste arbusto, para deleite mío. Es mi momento de gloria, mi ritual secreto para días en los que no se puede más. Un capricho tonto, banal y un tanto insustancial, pero para mí ¡Tan necesario! Su aroma me lleva de vuelta a mi infancia y me hace sentir segura. Me hace sentir que pertenezco a algo.

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Y con nimiedades así me doy cuenta que los primeros años marcan para siempre. Que la niñez se perpetúa y nos acompaña a través de actos o gestos como estos. Que de alguna forma lo vivido durante ese tiempo queda para siempre en el subconsciente y cualquier cosa que nos la recuerde nos producirá sosiego y gozo.

Adoro las noches de sofá, manta hasta el cuello y té caliente. Pero con ella, siempre con ella. Compartir esa complicidad de un gusto mutuo, de cháchara insustancial y donde cualquier canal en la televisión es válido. No importa lo que echen, es por el placer de estar juntas, de reservar esos minutos para ambas, de atesorar momentos. Es la maravillosa sensación de no hacer falta decir nada y estar diciéndolo todo. Los mejores recuerdos siempre provendrán de momentos así. Al final las cosas sencillas son las que engrandecen a uno y las que jamás se espera olvidar.

Me gusta el chocolate en pequeñas dosis, reactiva una parte en mí de forma automática. El cuerpo me lo pide cuando lo necesita, cuando se resiente, cuando ve que el combustible escasea y necesita recargarlo, levantar el ánimo, coger impulso. En abundancia me cansa, me empalaga y me hace repudiarlo. Un dulce no amarga pero puede hacer que lo aborrezcas hasta la saciedad. El término medio, lo equidistante es lo que siempre pretendo alcanzar y lo que admiro en otros. Saber cuándo oponerse o transigir. Cuándo quedarse o irse, cuándo estar.

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Para éste 2016 no elaboraré ninguna lista de propósitos, primero porque nunca lo hago, me gusta que me sorprenda y sorprenderlo, no anticiparlo a aquello que espero. A veces es bueno dejarse llevar y simplemente vivir. Que muchas de las veces perdemos el tiempo pensando en todo lo que nos gustaría sin levantar la vista y observar todo cuanto tenemos. Y segundo, porque seguramente no cumpliría ninguno de ellos.

A pesar, de que salgo del 2015 con algo de sabor agridulce no puedo sino agradecer todo lo que me ha dado.

Y ahora sólo me queda desear que mucha gente de corazón se cruce en vuestra vida, para enriquecerla e ir sumando experiencias, aprendiendo y viviendo. Deseo que os refugiéis en todo aquello que os haga felices, que os haga recordar todo lo que sois y porque lo sois. Exprimir hasta el fin las noches de té, café, risas o llantos, de palomitas y chucherías o de todo lo que imaginéis, pero hacedlo con ellos. De ninguna otra forma tendría sentido.

Deseo con todas mis fuerzas que éste 2016 venga cargado de gratas sorpresas para cada uno de vosotros. ¡Feliz entrada de año! ¡Feliz 2016!

celebración año nuevo

Cállame a besos

Es un puro teatro. Olvídate porque todo es fachada. Es una maldita máscara, una pose, una contradicción a todo lo que escondo. Casi sin darme cuenta terminé interpretando el mejor peor argumento de mi obra. Una femme fatale sin escrúpulos, sin ápice de sentimientos, con un carácter difícil de controlar, de conseguir amansar.

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Y entras a mi vida como si nada, y desmontas todo lo que tanto me costó construir, aunque bien mirado, no tendría mucha base, porque no le hizo falta más que un soplo de aire para caer al vacío, para darse de bruces contra una realidad hasta ahora implanteable.

Y te pido que no te asustes, que no salgas corriendo, que te quedes y esperes. Porque no soy nada de lo que parezco. Una niña encerrada en un cuerpo de mujer, que grita para que le escuchen, que llora cuando no puede más y ríe cuando no le quedan motivos. Que pasa casi de forma automática del amor al odio, de la risa al llanto y de la alegría a una tristeza sobrecogedora.

Estaré loca, a veces me pregunto si lo estaré, si no será este caos mío, ajeno a todo, lo que me impide posicionarme como “normal”, como considerablemente aceptable, por todos, por alguien, por ti.

Intenta ver más allá, porque la esencia siempre subyace detrás de cualquier pantomima, pero se requiere tiempo, valor y, sobretodo, muchas ganas. Ganas de cambio, de transigir o transgredir, de romper con todo, de enamorarse, vivir, experimentar mil sensaciones. Dejarse la piel en ello, y reconstruir, quizá el paso más importe. Porque absolutamente todo está viciado, astillado e incluso perforado. Y lo más complicado siempre resulta recomponer un corazón, llenarlo de parches de mil colores para que pueda volver a amar, para dejarse llevar, para creer y crecer, para inagurar una nueva era, un nuevo comienzo, un nuevo guión.

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Porque una se cansa de interpretar papeles sin definir. Tendré que comenzar a reescribir la historia, o arrancar todas las páginas escritas hasta ahora y comenzar de cero, o permitirme abandonar y mandar al carajo el cuaderno que dirigía las reseñas de una vida, irreal, vana e infructuosa. Porque reconozco que no sirve de nada aparentar ser lo que no se es. Y no hay excusas, ni ningún tipo de razón ilógica o no.

Soy frágil, lo soy, incluso puede que hasta límites insospechados. Por eso necesito que me entiendas, que me cojas la mano y me prestes el hombro cuando necesite soltarlo. Que comprendas que a veces no necesito más que un abrazo para calmarme, para dejar al lado la rabia, el enfado y la verborrea dañina que utilizo como escudo cuando no sé por donde salir, cuando me siento bloqueada o atacada, cuando ya ni quedan razones que lo justifiquen.

Soy complicada, no te lo niego, enrevesada hasta más no poder. Seré la chica más difícil que encuentres, la que más de una vez hará saltar tu alarma, esa que ni siquiera sabes que tienes. Conseguiré que el cable rojo conecte con el azul y suelte un chispazo de muerte, sí, de esos que te dejan la cara enmascarada, los pelos de punta y una rabia contenida hasta los topes, hasta el límite que sí tienes, y rozaré, más de una vez lo haré.

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Posiblemente jamás me entiendas, jamás comprendas el caos en el que permanentemente vivo. No sabrás ni por donde salir ante determinadas situaciones que te pondrán a prueba, pero valdrá la pena, te aseguro que lo hará.

Conseguiré que te embarques en la aventura más alucinante de tu vida. Esa que jamás podrás olvidar. Que vayas donde vayas recordarás, llevarás contigo, como una mochila que podrá recordarte todo lo que tuviste, todo lo que tienes y lo que siempre tendrás.

Las locas es lo que tenemos, de todo menos cordura. Que dime tú para qué sirve, para qué alguien podría quererla. Si la vida es mejor así, sin pensar, sintiendo sin miedo, dejándose llevar, viviendo queriendo. Que cuanto más se piensa más miedos nos entran. Y el miedo mejor dejarlo a un lado, ahí arrinconadito en cualquier sitio, evitando cualquier contacto visual, que a la mínima nos transforma, alimenta las inseguridades y caemos rendidos.

Cállame a besos, no creo exista mejor forma de hacerlo. Déjame sin palabras, sin argumentos, desármame por sorpresa. Sé el imán de mi vida, el que conecte los puntos, las razones que nos llevaron a estar hoy aquí.

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Hay elecciones que sólo se deben tomar una vez. Y cuando eso ocurre todo cambia. No sé si es el riesgo que se corre, todo lo que produce o las consecuencias que comportan determinadas elecciones. Pero desde ese momento nada vuelve a ser lo mismo y tú jamás te volverás a sentir igual.  Coge el tren, no esperes. Haz esa llamada que te increpa y te atormenta desde hace tiempo, no es algún día, es hoy. Da igual la respuesta, dan igual las excusas y da igual tu miedo. Declárate, díselo y dítelo. Siempre habrán batallas que ganar, pero jamás te permitas no haberlo intentado, es el peor tormento con el que lidiar.

Una decisión siempre cambiará algo. Mira a través de la lente, del visor de la cámara, enfoca, encuadra, levanta la vista y asegúrate de la instantánea. Sólo será una vez. El instante que captará la imagen, el beso robado, la risa nerviosa, deseos por cumplir, ilusiones ocultas. ¿La tienes?

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El resto ya es cosa tuya.

Pensaba y podía

Éramos niños, todos lo fuimos, a veces se nos olvida. Nos gustaba caminar sin pisar las líneas del suelo, a pequeños saltitos, intentando ganar la partida, el reto silencioso que nadie entendía. Yo siempre fui más de rayuelas a media tarde, de extraescolares que inundaban horas de silencio contenidas y meriendas de bocadillo con lo que sea. Sentía debilidad por todo lo que contuviera “Disney”, y los miles de muñecos esparcidos por la cama no eran sino una oportunidad de imaginar todo lo que quisiera, podía convertirme en doctora, en maestra o veterinaria. Podía construir vidas híper alejadas de cualquier sensatez, podía incluso adivinar lo que estaría a punto de pasar. Un poco de vidente también tenía. Pues eso, que podía.

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Él era más de balón y rodilleras para pantalones rotos, arañazos que se curaban a besos y betadine en cantidades industriales. Era de chutar tan alto que se podía rozar el cielo, de gritar tan fuerte que las ramas agitaban al viento. Extremos que rivalizan por posicionarse en lugares privilegiados. Totalidad o ausencia. Extremista, siempre dando todo por esa opaca nada.

Mismos y distintos caminos, parecidas costumbres, lugares que nos unen y distancias que separan. Y es que lo que tiene que ser es, sin presión, sin embustes, sin tener que burlar a la vida, sin tener que embaucarla con historias imposibles, con promesas que dificultan las rutas que trazamos, las que cincelamos en busca de todo lo que deseamos.

Pensaba yo en todo eso, en la causalidad o la casualidad, en el destino, en las decisiones que tomamos, en las que decimos adiós, en todo ese batiburrillo de proyectos que tuvimos, que seguimos teniendo, que ahora compartimos. Pensaba en las jugarretas que te prepara la vida para luego regalarte pinturas de mil colores, para poner en tus manos las herramientas que trazarán los esbozos de intenciones futuras, de ideas o aspiraciones que algún día surgirán.

Pensaba en la simplicidad y grandilocuencia de las cosas, en lo paradójico que resulta darse cuenta que situaciones carentes de benignidad son ahora, y fueron en su momento, el impulso de acontecimientos que devinieron en éxitos rotundos. Por innumerables razones, por incalculables motivos. No tuvieron renombre, no hablo de ese tipo de triunfos aceptados por todos, si no de aquellos que engrandecen el alma, los que en silencio se convierten en paliativos y adquieren poco a poco ese sabor a confort, a estar en casa, a “por fin aquí”.

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Me gusta pensar que nos dimos de bruces mil veces a lo largo de los años sin darnos cuenta. Me gusta imaginarnos, ahí pequeñajos, del brazo de nuestros abuelos, caminando por las calles del pueblo, yo con golosinas en los bolsillos y él con la colección de cromos. Me gusta imaginar que chocamos, que las miradas se cruzan por segundos, y continuamos impasibles nuestro camino, cada cual el suyo, paralelo, sin poder imaginar todo lo que sería, lo que seríamos, lo que viviríamos. Un déjà vú futuro. Una visita express a lo que somos.

Y nunca sabremos si efectivamente sucedió así, o se queda en una cursilería sensiblera por el deseo de querer pensar que de alguna forma estábamos entrelazados.

foto beso niños

Pensaba en los millones de sueños que tuvimos, los que se quedaron simplemente en eso. Pensaba en todo lo que quisimos ser, en aquello que esperábamos que sucediera cuando pasasen X años. Todo lo que esperábamos ser en el hoy. Y lo que no somos. Ni lo que nos asemejamos. Pensaba en que no es ni mejor ni peor, simplemente distinto.  Que tampoco soy esa niña que construía castillos de arena. Tampoco puedo pretender equiparar lo que deseo hoy a lo que deseaba entonces, porque los años pasan, y con ello la capacidad de inventiva, la personalidad, la madurez que pesa sobre los hombros y la cantidad de gustos personales.

A pesar de todo, seguimos soñando, imaginando todo lo que desearíamos tener en nuestras vidas. Sintiendo y esperando. Ese aspecto no cambia, se mantiene inamovible. Y quizá sea una de las cosas que jamás deberá hacerlo. Porque cuando se sueña se debe hacer a lo grande, sin limitaciones, o todo o nada. Como es él. Como un niño.

Ayer, hoy y mañana.

madre e hija campo

Llevo unos días repasando vídeos de la infancia, resulta entrañable verte tan pequeñita y darte cuenta de todas las cosas que han cambiado, de cómo has ido evolucionando, de todo el crecimiento y todo lo que anejo a él le ha acompañado.

Resulta reconfortante la vuelva atrás, aunque su duración sea determinada y bastante sucinta. Produce un gozo terrible observar a las personas que ya no están, verlas ahí, tal y como eran, como si nada hubiera cambiado, como si se siguieran encontrando en el mismo lugar, con sus voces, sus risas, sus formas melodramáticas de habla, y toda esa palpable felicidad.

Resulta extraño eso de observar tu vida desde otra perspectiva, tener la oportunidad de convertirte en un espectador más de tu propia historia.

Muchas cosas de las que viví no las recuerdo, tal y como nos ocurre a todos, la infancia deja manchurrones negruzcos por allí donde pasa, lapsos de tiempo y momentos que se pierden en la mente, que se dilucidan y nos dejan vacios inmensos. Por suerte, las fotografías, al igual que los vídeos nos transportan al mismo lugar y nos brindan esa oportunidad de rescatar, de redimirse por el abandono y la pérdida de aquellos momentos.

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Indudablemente soy distinta, he cambiado y las circunstancias lo han hecho conmigo. Una misma persona en distintos periodos de su vida, llega incluso a parecer la vida de otro, queda tan lejano, tan concomitante con la realidad de hoy, que consigue atraparte y cuestionarte absolutamente todo lo acontecido.

Todo esto me ha hecho replantearme la identidad y esencia del propio ser humano. Las personas cambiamos tanto física como psicológicamente en las distintas etapas de nuestra vida. Nos convertimos en desconocidos, nos equivocamos, erramos, cambiamos de opinión y de pensamiento millones de veces incluso a lo largo de un mismo día. Si todo cambia, incluso uno mismo, ¿Qué es eso impalpable que sigue concediéndote la gracia y por tanto el derecho de poder denominarte “yo”? ¿Tú? ¿Qué tú? ¿El de ayer, el de hace unos años, el de hoy?

niña moño

Con estas reflexiones, derivadas como he dicho de mi regresión al pasado, vuelvo instintivamente a mis clases de filosofía que me quedan desgraciadamente ya muy lejanas. Y vuelven a surgir las dudas en torno a la naranja que permanecía unos días en la mesa y a pesar de su deterioro estético continuábamos con la clara certeza de que era la misma.

¿Qué es eso que permanece inalterable? ¿Qué es lo que se perpetua y resiste a todos los tipos de cambio? Quizá sea la misma esencia, el alma, ese carácter innato, esa propiedad invariable, inmutable, eterna.

Quizá sea cierto eso de que absolutamente todo aquello que no se ve es lo que más resiste, lo que finalmente sobrevive, aquello que se asienta con una fuerza irrebatible, contra todo y para todo.

Hoy, definitivamente toco fondo, llego a la cúspide de una parte de mis desvaríos, y solo rezo porque no sean muy duros conmigo.

Filosofando nos encontraremos.

Mi “yo” de ayer, de hoy, de mañana.

niño globo