La historia que no pudo ser

Amaba su locura, mucho más que cualquier otra cosa. Y la retaba constantemente, porque la conocía, sabía de su superación y sus ganas. Y jamás se dejaba amedrentar. Era fuerte y lista. Era astuta y decidida. Y no conocía miedo. Se anticipaba a las palabras, a los besos, a los te quieros.

serena y dam

Amaba la sutil forma de acariciarse el pelo. Y lo resolutiva que era. Tan práctica como para no cabecear. Cada principio tiene un final. Cada herida un lamento. Y cada despedida el deseo de volver a encontrarse. Y ella lo sabía. Tenía conciencia del tiempo, y lo exprimía hasta no dejar ni gota. Era un hoy constante. Queriendo acaparar cada segundo, no dejando nada por hacer, por soñar, por creer. Pero la noche llega. Y con ella un adiós a lo vivido. Pero habrán nuevos amaneceres, nuevos retos y nuevas batallas. Volverán a besarle las mejillas. A sonrojarla con palabras bonitas. A sorprenderla con canciones de amor. Y sonreirá como nunca.

Amaba sus disparatadas ideas. Cómo salpicaba el agua con las manos. Cómo correteaba por el campo creyendo en lo imposible. Alzándose por encima de las flores, acariciándolas a su paso. Y agradeciendo el maravilloso regalo de vida. Porque no le costaba decir gracias. Parecía incluso entonar la palabra. Y él reía de su melodía. De su cariñoso acento. De su deje que la delataba allá donde estuviese.

La amaba desde que la conoció. En silencio. A la espera del día que nunca llega. Analizando y estudiando la forma de hacérselo saber. Y cuando parecía encontrarla, el miedo conseguía paralizarle, las palabras no fluían, se ahogaba en sus silencios. Se quedaba seco, angustiado de dolor. Y parecía retroceder mundos. Alejarse a zancadas de lo que quizá más podía desear.

Pero hay palabras que necesitan ser dichas, porque sino marchitan a uno. Porque los momentos también pasan, al igual que las oportunidades. Y al final uno se queda con el regusto amargo de lo que no se atrevió a decir. Y con los años, el poso de ese recuerdo se hace más denso, y pesa más. Porque hay veces que uno debe darse de bruces y luego ya se verá. Los capítulos deben terminan, de una manera u otra, al igual que las historias. Resulta más gratificante que quedarse en puntos suspensivos, en interrogantes que jamás obtendrán respuesta.

pareja feliz mar

Luego vienen las lamentaciones. Las excusas con las que cargamos por miedo, al fracaso, al dolor, a la pérdida. Y es mejor asumirlo como venga. Enfrentarse a ello. Porque en cada derrota también hay victoria. Algo crece en nosotros. La verdad se acepta y se sigue adelante.

Otro ha debido dar el paso, porque se escucha su risa a lo lejos. Sus ojos centellean en la noche, y sus labios dibujan la verdad que ocultan sus palabras. Se ha multiplicado, como la espuma del mar cuando rompe en el acantilado. Tiene más luz si cabe. ¡Si no necesita la luna! Ella resplandece en la absoluta oscuridad.

Pero él jamás lo sabrá. A ella le atormenta una pena, de una historia que no pudo ser. Una amistad fugaz que dejó un recuerdo imborrable. Acaricia con los dedos las fotografías de un verano que quedó latente en un corazón desgarrado. Revive aquella mirada profunda. Aquellos roces inocentes, el calor de su abrazo, la ternura en sus palabras de aliento. ¡Y cómo la miraba! Porque hay miradas que se graban a fuego en el alma. Y ella se pregunta si él pensará en ella. Si alguna vez esperó un beso robado de unos labios castos que gritaban por él, que suspiraban por él.

El tiempo pasa y otro la abraza por la espalda. Le ama. También lo hace. De otra forma quizá. Tal vez más madura, más cuerda, más real. Y sabe que tendrá todo cuanto desee. Que satisfará sus necesidades con creces. Que le dará lo que otros no pudieron. Y será feliz. A pesar de que un día de final de Agosto esperó y esperó. Y posiblemente algo en ella siga esperando.

pareja sorpresa

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Mimarse mucho

Vivimos atropelladamente. Yo, desde luego, vivo a galope entre las obligaciones, el trabajo, las cosas que quiero hacer porque sí, y las que me gustaría. El tiempo está acotado, y mira que de vez en cuando lo estiramos como una goma hasta llegar al límite, lo ponemos a prueba, lo llenamos hasta los topes, y muchas veces de cosas inservibles, incluso de algunas que nos menguan, que desearíamos mandar de una patada a la luna y olvidar por completo, pero insistimos, no tenemos otra, nos angustiamos, pataleamos y seguimos, como si no tuviéramos opción, como si fuera obligatorio tener un peso pesado con el que sacar los dientes, las uñas o lo que haga falta. Una razón para la queja, para el lamento, para lloriquear por las esquinas suplicando el día en el que todo cambie.

chica pidiendo taxi

Vivimos sin tiempo, mirando a todas horas el reloj, siendo esclavos del segundero. Andamos con prisa, incluso cuando no la tenemos. Corremos para coger el tren, corremos para llegar en hora, corremos para marcharnos, para llegar, corremos incluso por gusto, para liberarnos, para huir, para sentirnos libres de algo, liberar endorfinas, liberar tensiones, liberar ese mal de amores y todo lo que signifique dejar ir, depurarse, sentirse vacío para volver a llenar.

A veces siento que me supera, que no soy esa “súper woman” que debería ser. Que también me canso y necesito parar. Que no puedo estar a todas horas con la mecha puesta, preparada para el ataque, con la mochila a la espalda para llegar a todo, haciendo números y cuentas que no cuadran, queriendo llegar a la clase de pilates cuando tengo un montón de trabajo por hacer, montones de hojas apiladas en el escritorio, lavadoras esperando y  farfullando mi nombre. Y yo queriendo estar aquí y allí. Queriendo multiplicarme por dos, tres o cinco.

Pero ya vale. Hay que decir basta. Poner un paréntesis a nuestra vida de vez en cuando. Un oasis en pleno desierto. Un hasta aquí. Que sí, que está muy bien eso de vivir a todo tren, sin horas del calendario, con la agenda apretada y llena, buscando la media hora libre entre tal y cual.  Con tachones por medio y cuadrículas en power points.

Que está bien eso de ser exigente, de querer hacer ver que somos de hierro, que podemos con lo que nos echen. Y lo creo, de verás que lo creo. Pienso que uno siempre puede más. Que siempre estaremos por encima de los límites que creamos tener, de los que nos digan y los que alcancemos. Pero haz un pause si no quieres morir en el intento. Resérvate un pequeño espacio para ti. Aléjate del mundanal ruido, del estrés que conlleva la puesta a punto. Porque merecemos estar mimados. Cerrar los ojos y viajar lejos. Porque la realidad está sobrevalorada. Y yo la contemplo mejor a centímetros del suelo.

chica telefono y bañera

Que no se trata de viajes ni de una casa en mitad de la nada. Son momentos de auténtico bienestar. Tener la capacidad de guardar unos minutos para no pensar en nada. Relajar los músculos. Mimarse, mimarse mucho. Una música lenta en el salón. Un libro para evadirse, para vivir la vida de otros, bien lejos de aquí. Sin problemas, sin esperas. Un baño caliente, velas aromáticas y silencio.

El otro día me comentaba una amiga lo frustrada que se sentía. Había comenzado las clases de yoga y se veía incapaz de involucrarse en toda su plenitud sin volar a cualquier otro lugar del mundo. Cuando todo parecía estar en silencio, su mente se disparaba, repasaba una y otra vez la lista de la compra, las cosas que debía hacer luego e incluso al día siguiente. No conseguía huir del envoltorio de su vida. Ni incluso en momentos como aquél.

Y la entiendo a la perfección. Estamos haciendo algo y al mismo tiempo pensando en lo que haremos después. Sin poder separar momentos. Haría falta un buen parapeto en la vida. Bien alto, que impida observar luegos.

Me desencanta esta situación, porque la vivo a diario. Somos un cúmulo de listados, de cosas pendientes por hacer. Somos incapaces de abstraernos por completo y olvidar, aunque dure escasos minutos. Aunque al finalizar la canción, la música pare y debamos continuar hilvanando nuestro maremoto de sensaciones, responsabilidades o quehaceres varios.

Tengo que concienciarme. Obligarme de alguna forma a cumplir con mi propósito. Una obligación más que añadir a la lista. Pero al menos sana, mucho más que otras. Sana para el cuerpo, la mente, para mí.

Además de todo ese repertorio de excusas que nos ponemos e imponemos cada día, debemos sensibilizarnos en la exigencia de mimarnos tanto como se pueda. Que al final todo es simple decorado, nada lo suficientemente importante, ya habrá tiempo para ocuparse de ello. Pero esto no. Es ahora. En este momento. Son los minutos antes de dormir. El rato después de comer con una buena infusión caliente o el refresco al salir del trabajo. Es darse cuenta que después de todo, nada es tan imprescindible como uno mismo.

mujer espejo

“Tres palabras pueden cambiar para siempre: empiezo por mi”.

 

Llámalo como quieras

Dicen que las oportunidades se presentan sin avisar. Que hay que estar alerta, porque cuando lleguen tendrás un promedio de dos segundos para lanzarte a ello. No habrán pausas, ni siquiera se te concederá el minuto de gracia. Será ese momento o no volverá a ser. Te quedarás con cara de bobo, con las maletas apelotonadas en tus pies mientras el viento revuelve tu cabellera y el tren que no cogiste pasa a una velocidad de vértigo que te impide ver con claridad todo lo que ya no podrá ser.

buen viaje

Te culparás. ¿En qué maldito momento? ¿A qué maldita hora? Pero será tarde. No habrás sido lo suficientemente rápido para abalanzarte a él. Te perderás pensando las manos que te harán falta para embarcar el equipaje, sin saber que lo verdaderamente importante estará dentro, que no hace falta más que la muda que llevas y un salto bien grande que consiga meterte dentro sin dilación.

No es la vieja estación de tren. Al igual que no es el destartalado reloj que cuelga de la pared. No será el tiempo que tardaste en llegar. Ni los minutos perdidos acordonándote los zapatos. No fue aquel amor. Ni siquiera los que vendrán. No fueron excusas. Fue más bien el miedo que te impidió avanzar. Las razones que quisiste encontrar. Fue la balanza de “lo que soy” y “lo que me gustaría ser”.

Es esa milésima de segundo que parece extenderse en el tiempo, que consigue paralizar tu mente. Es esa fracción de segundo por la que pasan miles de fotogramas con su particular visión de los hechos, y sus consecuentes viñetas anexas de futuras consecuencias. Es esa perfección y ese miedo al fracaso, al error que puede conducir a un perpetuo arrepentimiento.

Pero ya escarmenté una vez. Te arrepentirás de todo lo que te hayas perdido, de nada más. Porque lo hecho devengará en un logro o un mero aprendizaje.

Muchos dicen que las oportunidades. Creo que yo me quedo con las LOCURAS. Esas por las que mueres de risa al recordarlas, las que hacen sonrojar tus mejillas o las que te hacen llorar como si no hubiera última vez. Son esas que compartiste, que quedarán guardadas bajo llave en el cofre de “nunca saldrán de aquí”. O aquellas que salieron como una fecha del corazón, un impulso insensato y que tú mismo siempre negarás.

Las mejores son las que no se piensan, porque si se hace dejan de serlo. Son esas que al recordarlas te avergüenzan, las que hacen preguntarte ¿De verdad fui yo? ¿Y lo hice? Porque por mucho que quieras aparentar y dar a entender que simplemente devino de una enajenación transitoria y que por el jamás de los jamases volverás a repetir, sabes que mientes, que un mini tú se reconcome por dentro de la risa y te dice que te gustó, que acertaste, que lo que va delante no te lo quita nadie.

risa

Todos las tenemos. Al igual que aquellas que no hicimos. Y confiésalo, esas duelen infinitamente más. Se quedarán ya para siempre en el montón de lo que pasó de largo, y da mucha rabia, porque las tuviste en tus manos y las dejaste caer. No puedes volver atrás ni puedes hacerlas ahora, fueron entonces y ya no son.

La mayoría van ligadas a un periodo de tiempo, las circunstancias cambian cada vez que la aguja del reloj avanza, porque ya sabes, nada se detiene, ni siquiera todo lo que esperas hacer. Los años cambian la perspectiva de las cosas y las situaciones, y lo que en ese momento pudo haberse hecho con los ojos cerrados ahora no es más que un imposible.

Lo hubieras hecho, si volvieras atrás lo harías. Ahora todo es diferente, el color ha cambiado y las personas también, incluso tú lo has hecho.

Ahora mismo la tienes en mente. Sabes perfectamente de lo que te estoy hablando. No sé si será él. Si un par de besos no le hubieran hecho daño a nadie. Si fue el trabajo absurdo que no te atreviste aceptar. No sé si fueron las ganas de salir corriendo, pero algo te frenó los pies, y ahora hubieras sido más valiente, más libre. No sé si fue aquel avión que voló sin ti. El que te dejó vacía y sola, con billete de ida entre las manos, y sueños que finiquitaste a golpes de “sí o no” en una butaca negra de un aeropuerto aún más negro. No sé si fueron las palabras que no salieron de tu boca o aquella indiferencia que escogiste mostrar, y que poco a poco te consumía el alma. No sé si fue esa infinidad de veces que cogiste el teléfono, marcando una y otra vez el número para colgarlo al instante. No sé si fue la maldita canción o aquellas palabras que salieron de no sé donde las que frenaron tus pies, las que cortaron tus alas y las que atestiguaron ese infructuroso saco de “posibles”.

chicas coche amigas

“La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma, que cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca” Heinrich Heine.

Y es que a veces, solo a veces, lo que comienza con un simple trastorno, o llámalo como quieras, puede terminar siendo alguno de los mejores recuerdos.

Vuélvete loco un rato. Vuélveme a mí contigo.

P.d: La locura siempre nos llevó a amarnos un poco.