Nunca jamás

Crecer da miedo. Ahora comprendo a Peter Pan, a campanilla y los niños perdidos. Yo también habría querido ir allí. Si es que estaba del todo claro. Segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer. Todo habría sido más fácil. Comería chucherías hasta dolerme la barriga, metería los pies en el fango y saltaría sobre él, una y otra vez, sin cansarme de hacerlo, embarrándome los zapatos, salpicando inocencia a cada paso, maravillándome de la simpleza de sumergir mis pies en tierra.

Mi mayor preocupación continuaría siendo poder aguantar la respiración al pasar por cada puente. Ella y yo. Observándonos, retándonos. La cara comienza a enrojecerse, falta la respiración, pero ya vislumbras el final. Un minuto más y todo acaba. Tú puedes, sabes que puedes. Y lo consigues. Sueltas el aire y comienzas ese inevitable proceso vital, inhalación y exhalación. Llenas tus pulmones hasta los topes. Te relames en el gozo que te produce la vida. Esa posibilidad de continuar, ese soplo de aire que delata, que testimonia la sensación de estar bien, todo está bien. Tú lo estás, estás aquí. Sonríes. Por fin puedes dedicarte en exclusiva a disfrutar del paisaje. Del azul del cielo. Del marrón de los campos. Del verde de su naturaleza. Y te sientes satisfecho, una batalla ganada. Un desafío conquistado.

olsen

Reconozco que a veces necesito un poco del “mare” o “casa” que solía utilizar en el escondite para designar a esa zona de confort, esa tranquilidad de saber que estás a salvo, fuera de cualquier intromisión, como un pause a la banda sonora de tu vida. Silencio. Tranquilidad. Poder sobreponerse al acaloramiento continuo, a la inestabilidad, a las sorpresas que se presentan sin ser llamadas. Al dolor de una pérdida. Al sufrimiento que conlleva un fracaso.  A la tristeza que se materializa después de cada adiós. A todo ese sabor agridulce que persiste en el poso de un recuerdo. A todo aquello que jamás nos atrevimos.

Fue el previo al partido el que nos engañó. El pensar que la mano en la pared podría detener el mundo. Y sólo hacía que detenernos a nosotros. Quizá hubiera agradecido un “corre y no mires atrás”. Porque la vida no se entiende, no se piensa, se VIVE y lo demás viene rodado.

Me ha costado muchísimo entender que no todos los actos son la consecuencia de algo hecho, dicho o vivido con anterioridad.  Algunos llegan sin explicación y se marchan de la misma manera. Vienen para abofetearte, para ponerte los pies en la tierra, para dejarte claro que tú no mandas. Y la única opción que te queda es salir ilesa de ellos. Encontrar la forma de levantar la cabeza y seguir soñando. No eliges el qué, ni el cuándo, ni siquiera el cómo. Pero si puedes elegir la forma de afrontarlo, esos puntos suspensivos que deciden un continuará.

“En lo más profundo del hombre habitan esos poderes adormecidos; poderes que le asombrarían, que él jamás soñó poseer; fuerzas que revolucionarían su vida si despertaran y entraran en acción” Orizon Swett Marden.

 

El país de “Nunca jamás” puede que no esté limitado a una cierta edad. Ni siquiera creo que disponga de prueba de acceso. Puede que simplemente se base en una elección. Una forma de aceptar que las cosas sucedan, que los años pasen, que las heridas de las rodillas también sanarán, y que esos puntos en la barbilla terminarán siendo una sencilla cicatriz con una apasionante historia que contar.

chica columpio

Hace unos días le pregunté a alguien qué tipo de cosas echaba en falta de su infancia. Me dijo algo así como: Ir al colegio y tener a primera hora gimnasia.

Primero me entró una risa de muerte, y segundo, esa simpleza me hizo reflexionar. Alguien escogió por nosotros que tal día a tal hora tuviéramos esa clase. No disfrutábamos de ese privilegio todos los días. Era un simple miércoles o un triste lunes después de un fin de semana que había pasado vertiginosamente y casi derrapando por nuestro lado.

Pero sabía a gloría. La exclusividad le aportaba ese matiz. Sólo hoy. Sólo en este momento. Si no hubiera sido así no lo habríamos agradecido. Lo habríamos percibido trivial.

Perder o no esa capacidad de asombro. Jugar como si nadie nos estuviese viendo, con lo bueno y lo malo, con lo mejor. Olvidar lo que nos hizo daño. Aprender a sobreponerse. Enamorarse como la primera vez. Simples elecciones. Ganas de más.

Escoger gimnasia, arte, física cuántica o cualquier otra que consiga apagar el botón de alarma.

Echar el freno de mano, sentir como va entrando a sorbitos pequeños toda esa libertad, esa sensación de flotar en las nubes, donde casi cualquier cosa puede ser posible.

“Y lo escogí a usted, sí, a usted, porque me di cuenta de que encontró mi punto débil, y fue el único que descubrió la forma para calmar esta alma indomable.  Lo escogí porque me di cuenta de que valía la pena, valía los riesgos… valía la vida…” Pablo Neruda

descanso carretera

Cualquier elección es válida, podremos volver a ella en cualquier momento, rehacerla, desarmarla y empezar de cero. Somos un mar de elección, incluso ese “nunca jamás” lo fue algún día, lo es hoy.

P.d. Siempre seremos un par de niños jugando a haber crecido.

Ya no será.

niñas juntas a clase

-Llámame Zoe. A partir de ahora me llamo así, entre nosotras.

-¿Por qué?- Pregunté asombrada.

-María es demasiado normal, y quiero ser diferente, quiero sonar diferente.

Y nunca comprendí ese empeño que tenía en ser otra persona. No sé si huía de algo o si sencillamente quería encontrarse. No sé si efectivamente el único anhelo era el de ser distinta, distinguirse en algo, florecer. No comprendió o no se dio cuenta que ella era de todo menos normal.

Era de ese tipo de personas que de primeras asustan, por su carácter despreocupado, por esa inquebrantable personalidad. O las odias o las amas. No existe término medio. Ella era así, tan extremista en todo lo que hacía. Esforzándose por hacerse notar, por dejar huella y serigrafiar momentos.

No existía la palabra tabú, con ella todo era posible. Conectamos desde el primer momento. Nos asemejábamos en millones de cosas imperceptibles para el ojo humano. Y, sin embargo, esas pequeñeces que nos diferenciaban eran las más visibles, las que quedaban mostradas y perfectamente tangibles a la primera de cambio.

Ambas veíamos en la otra aquello que nos faltaba. Yo, una niña buena, con una vida correcta, caminando a pies de puntilla, para evitar pisar charcos, para evitar ensuciar ese halo de perfección, con una vida predispuesta a lo que parecía el éxito.

Ella, sin rumbo fijo, pisando fuerte, con la cabellera enmarañada, de dudas, como su mente, como su mundo fantástico. Sin reglas, sin horarios, con el aquí y ahora. Con la predisposición al salto, sin cuerda, con los ojos vendados, sin aflojar, de sopetón, todo de una. Y sorprendía, siempre lo hacía. Con esas ocurrencias que solo podían salir de alguien sin miedo.

amigas campo

Pero siempre lo supe, que tras capas de fortaleza se encontraba una niña asustada pidiendo auxilio, necesitada de apoyo, de la complicidad que ambas conseguimos capturar.

Nos conocíamos de manera distinta. Creo que fuimos capaces de mostrarnos la una a la otra todo lo que ocultábamos al resto. Esas pequeñeces y sinrazones que continuamente nos afanábamos en camuflar y negar por ser o estar fuera de lugar, por el miedo a cruzar esa línea roja que alguien marcó insensatamente para restringir, para coartar personalidades arrolladoras.

Ella me hacía libre. Sí, como suena. Conseguía apartar de nosotras todas esas cuerdas que nos ataban. No había miedo, ni vergüenza, ni palabras mal dichas en contextos que se esperan. Todo era posible. Absolutamente todo.

-Abre la mano- Me susurró.

Yo, educadamente lo hice, con ese manojo de nervios, sin saber qué me esperaba.

Me arrojó un puñado de monedas, y me apretó fuertemente la mano para que permaneciera cerrada, para no dejarlas ir, como si atesorara algo valioso.

-Tus primeros euros. Ahora ya eres parte de este momento histórico, del cambio de moneda.

Y me dejó pensando, siempre causó en mí ese tipo de reacción, de sorpresa, de reflexión.

 amigas tonterias

Y sonreí, porque ese tipo de intrepideces eran tan nuestras que solo entendíamos en la complicidad mutua.

-Prométeme que me ensañarás alguna canción de Bach en el piano- imploró casi para sus adentros.

-Sí, quizá algún día.

Y ahí nos quedamos, en esa asidua ensoñación. Silenciosas, agradecidas, satisfechas.

Y algún día nunca fue. Y ya no será.

niña chupete

Nunca y Siempre

siempre quedará paris

Hoy más que nunca llamo a tu puerta, con la esperanza de poder oír tu voz. Intento clarificar tu imagen, esa sonrisa dulcificada por años de gratitud, y todo el amor que repartías con cada caricia.

Hoy más que nunca pienso en aquello que nunca te dije, en miradas y palabras que permanecieron guardadas. Da igual el tiempo vivido, siempre quedan cosas pendientes, siempre con esa puñetera manía que tenemos de creer en la eternidad de las cosas.

Y es precisamente eso lo que confunde, porque todo es posible, menos lo eterno, al final se desvanece, se marcha y algo marcha contigo.

Hoy más que nunca te añoro a rabiar, te culpo y me culpo por la rapidez con la que todo se va. Que no importan los miles de años que pasen, siempre se viven con fugacidad.

Maldito el momento que te dejé marchar. Malditos los ratos que ya nunca vendrán.

Y es que cuando te fuiste me dio miedo olvidar, dejar de notar la suavidad de tus manos, la calidez de aquellos abrazos, tan fuertes, tan nuestros, tan tuyo y mío. Algo se fue en mi para siempre, un trocito mío te lo llevaste, desapareció con aquél fastidioso día de Marzo. Y tómalo porque no lo quiero.

Y no odio el mes, no odio los días, ni siquiera todo lo que me recuerda. Con el tiempo se aprende a pasarlo sin más, a dejarse llevar, a permitirse recordar.

chica al sol

Los instantes vividos residen en una memoria perenne, se instalan con fuerza en el jugo de toda mi esencia para no marcharse nunca, deciden cabalgar a sus anchas y yo, con toda la añoranza que soy capaz de sentir, les doy vía libre, porque les necesito casi de forma imperativa, indeclinable y preceptiva.

Te juro que te pensaba invencible, con tu capa de luchadora, con esa fuerza que sacabas de no sé donde, dime de donde, porque quizá la necesite, para luchar contra dragones gigantes desde mi pequeña torre infranqueable.

Hoy más que nunca repetimos como papagayos tus frases, intentamos que sigas presente, que pulules en el brillo de nuestros ojos y te sigas deleitando de nuestras pequeñas conquistas.

Te abrazamos aunque ya no estés, te sentimos con más garra si cabe que nunca, notamos la frescura que a día de de hoy nos sigues dejando sentir.

Hoy y siempre, mañana y nunca, siempre es demasiado poco para ti, nunca es demasiado poco para tanto.

Una vez, escuché una frase que venía a decir algo así: Nunca digas nunca, bueno, dilo cuando estés totalmente convencida.

Y yo, hoy y siempre te digo nunca, nunca pasará, nunca se olvidará, nunca desaparecerá.

Quédate a mi lado, y quédate siempre.

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