Te elegiría mil veces más

Llueve. Son las cuatro de la mañana y me sorprendo dando vueltas en la cama. ¿Cuándo comencé a enterarme de lo que ocurría en la noche? Siempre he sido de esas personas a las que ni una bomba habría despertado. Pero estoy aquí, mirándote, mientras escucho el ruido persistente del agua golpeando los tejados de las casas. Y me tapo hasta las orejas mientras me acurruco cerca de ti. Y no te inmutas. Sigues relajado, ensimismado en tu sueño profundo. Y sonrío, porque me hace feliz verte así. Me hace feliz verte.

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Pienso en la suerte que tengo de tenerte. Mi felicidad no depende de nadie, ni siquiera de ti, pero me engrandece, tu amor sobrepasa mis propios límites y me enseña cosas cada día. Ahora soy mucho de lo que jamás pensé que sería. Y no has sido tú, hemos sido los dos.  La confluencia de dos almas que no han hecho más que amarse. Que siguen haciéndolo, a pesar de la adversidad, de las dificultades que surgen cada día y de los sinsabores que la vida se encarga de irnos obsequiando. Pero estás aquí. Yo estoy aquí. Y eso lo significa todo. No en presencia, sino en mucho más, en lucha, en fuerza, en ganas.

Siempre me dices que te he hecho ser mejor, pero ¡Ay si supieras! Tú me has dado tanto… Lo mejor de mi vida. Esas cosas que escapan del léxico, de los sentimientos y de lo hasta ahora inventado. Has creado una magia que ni cien vidas podrían haberla causado. Un aura que nos agarra con fuerza trayéndonos para sí. Y me hacen volar contigo, soñar contigo y amarte más.

Siempre he sido un rato peliculera, soñadora y romántica hasta decir basta. Pero contigo he aprendido su significado real. Y no tiene nada que ver con relaciones idílicas, lluvia de corazones y canciones como banda sonora. El amor es dedicación y constancia. Es tener esa certeza absoluta de querer andar para siempre de su mano, inclusive en los momentos que la tormenta amenace con apagar la llama. El amor es que me veas hecha una piltrafa y aún así sonrías y me digas lo bonita que estoy. Es irte corriendo al quiosco en busca de gusanitos de mantequilla porque acabo de decirte que me apetecen como lo que más. El amor es tu preocupación en el rostro cuando me encuentro mal. Y los mensajes que me envías cuando me tienes lejos. Me has hecho entender que no hacen falta palabras bonitas cuando tus ojos lo dicen todo. Que no existe una escala gradual para calcular la intensidad con la que se siente. Y de nada sirve situarla en la tierra o la luna. Simplemente está ahí, en todo su esplendor. Esperando recibirla con los brazos abiertos y cobijarla con millones de besos. Ni tú amas más ni yo siento menos. Cada uno lo hace con la vehemencia de la que es capaz. No hay dos personas iguales, ni dos formas de amar similares. Por eso he aprendido también, que no se puede esperar que alguien sienta de la misma forma que tú, porque no hacerlo no significa que no lo haga con todo su ser. Hay que tener cuidado con las palabras que se dicen y cómo se dicen. Y sobretodo estimar cada pequeño detalle del otro y situarlo en el escalafón que se merece. Como algo auténtico, sincero e irrepetible.

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Pienso en la primera vez que te vi. En como mi ingenuidad adolescente desconocía todo lo que significarías para mí. Pero el destino, la vida, o nosotros decidió/decidimos unir los caminos para hacerlo uno. Y me satisface, a la vez que enamora, saber que si tropiezo me sujetarás con fuerza. Y yo estaré ahí para ti. Para correr a tus brazos, sostener la cantimplora o asegurarme de que tu mochila pese cada día menos. Porque a pesar de las experiencias que nos van encontrando, algunas o muchas resultan necesarias dejarlas marchar.

Ahora, en el momento en el que nos encontramos, surgen infinidad de dudas a diario. Y aunque consigamos quedárnoslas para sí, se perciben. Yo lo hago, al igual que tú. Porque nos conocemos hasta la saciedad.

Pero te aviso: No tengas miedo. Serás capaz de todo y de mucho más. Y te sorprenderás a ti mismo, de la cantidad de cosas que desconocías, y seguiremos creciendo juntos, aprendiendo a la vez, sumando a la vez. A mí también me tiembla la voz y las piernas me flaquean. Porque los grandes pasos conllevan grandes responsabilidades. Pero estoy convencida que podremos con todo, juntos siempre es así.

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Y no lo olvides, ni ahora ni nunca: Hoy, mañana y siempre, en esta vida o en cualquier otra, seguiría apostando por ti, creyendo en ti, enamorándome de ti. En definitiva, una y mil veces más.

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Cuando te veo en mis sueños

¡Qué misterio el de los sueños! Sentir que puedes acariciar a alguien de la misma forma y con la misma intensidad que en la realidad, ¡Es mágico! Desde luego que lo es. Un mundo paralelo, incomprensible y a la vez aún demasiado inexplicable. Algo intangible que puede transportarnos directamente al lugar que anhelamos, con las personas que echamos en falta y los sentimientos que el tiempo parece ir olvidando.

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Y todo vuelve a su lugar. Como si no hubiera existido ese corte, ese punto y final, esa despedida con ese afligido adiós. Jamás ha habido interrupción. Todo sigue como si nada. Sigues sonriendo de la misma forma y yo te abrazo por detrás. Quiero aprovechar el tiempo que me queda, porque despertaré y volverás a dejarme.

Abro los ojos y algo me dice que ha sido real. Que has estado aquí. Porque sino ¡Ya me dirás! ¿Cómo explicar esta paz que me queda? Esta felicidad que salpica todo a mi paso. Esa sensación de bienestar, de plenitud, de agradecimiento.

Es un pequeño espacio que compartimos, que reservamos exclusivamente para nosotras. Sabemos que siempre nos tendremos, de una forma u otra. Nadie ni nada nos privará de ello. Un pequeño templo, quizá en otra dimensión, en la que podemos contarnos las cosas, volver a revivir aquello que tan bien nos hizo sentir. Contarte al detalle las novedades con las que la vida me ha ido obsequiando.

Algunos dicen que los sueños amparan los miedos, los deseos, o lo más recóndito de nuestro ser. Otros sin embargo, pueden llegar en forma de advertencia, de recuerdo o enseñanza.

Yo sé, que de alguna forma, no me preguntes cuál. Llegas hasta mí para hacerme llegar las palabras que quizá me falten, el beso que necesito o el calor del abrazo que amansará la fiera y me hará sentir en casa. Porque por muy fuerte que aparente ser, necesito de vez en cuando sumergirme entre los brazos para cobijarme, sollozar sin motivo y quejarme sin causa.

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Ahora, que además estoy en una etapa de grandes cambios, necesito como agua de mayo la fortaleza que tú tenías. Reconozco, que hay días en los que me entra un vértigo tremendo, a pesar de desear con fuerza que todo llegue a la velocidad de la luz, porque si hay algo que no puedo frenar es eso, el deseo. Pero dicen, que cuando visualizas por fin ese comienzo, ese atisbo de materialidad de aquello que tanto tiempo llevas esperando, ASUSTA.  La incertidumbre entra a grandes zancadas como elefante en una cacharrería. Y no sabes si llorar o reír, o hacerlo a la vez.

Así es como me siento, con dos personalidades rivales intentando ganar la batalla, hacerse hueco a codazos y volverme loca. Que hay días en los que me como el mundo y otros me comen a mí. Mi parte más endeble (que la tengo) reclama a grito pelado auxilio, con pañuelo blanco incluido, enarbolándolo como cuál bandera.  Y ahí me zambulliría sin pensarlo en el bálsamo de tus besos (qué bien sé que son curativos), como cachorrito abandonado en búsqueda desesperada de sus progenitores. Que a veces soy más niña de lo que parezco, mucho más, insoportablemente más. Vuelvo a las andadas y sólo quiero mimos, carantoñas y sentirme a salvo. Qué, ¿Quién no busca eso? Vivimos con esa reminiscencia de los años y los momentos de antaño que nos hicieron sentir seguros. Y da igual la edad, o el carácter fortachón que tengamos. Somos más vulnerables de lo que mostramos. Todos bajamos la mirada ante la inquisitiva regañina de una madre. Y todos, ABSOLUTAMENTE TODOS, vivimos en la búsqueda incesante del amor. En esa imperiosa necesidad de amar y ser amados. Sea en la forma que sea. No desvirtuéis mis palabras agarrándoos únicamente a ese amor conyugal, romántico, (——) (poned aquí el adjetivo que os plazca) porque estoy generalizando, multiplicando al máximo exponente. Porque siempre he creído que el amor va de eso, de sumar, multiplicar y dividir, pero no restar. Al menos lo que yo entiendo por amor.

Así que no sé lo que vendrán a significar estos encuentros furtivos. Estas palabras que nos cruzamos en zonas extrapoladas donde nada es tan real como parece ser. Pero las agarro con fuerza, las recuerdo con la nitidez necesaria para confundirlas con momentos que sí puedo capturar en instantáneas y mostrarlas después. Pero vete tú a saber, cual es el límite, la divisoria o el linde entre lo que tangible e intangible, lo cierto, verídico y lo que no.

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Que nada es tan razonable como a simple vista parece ser. Y lo que tú percibes no lo hago yo y a la inversa.

Dime, ¿Cuántas veces has sentido algo que no has podido explicar? ¿Lo considerarías tan real como respirar?

Yo ya tengo mi respuesta. Espero la tuya.

¿Y qué? ¿De verdad?

Soy una persona excesivamente empática. Y aunque en principio pueda parecer una virtud, que no niego que lo sea, hay determinadas ocasiones en las que puede resultar un verdadero quebradero de cabeza y afectar de manera muy personal a cualquier resquicio de mi vida.

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Enseguida siento el dolor de otro y lo vivo con una intensidad aplastante. Pienso en ello durante tiempo después y de alguna forma mis pensamientos viajan junto a esa persona a lo largo de mis días. Incluso me pasa con personas no tan cercanas a mí.

Estoy aprendiendo a relativizar las cosas. A no dejar que todas las noticias penetren en mí de la misma forma. Porque no se puede vivir así. Desgraciadamente en el mundo hay noticias terribles cada día. Y precisamente porque somos personas nos afectan, es inevitable. Sufrimos con las pérdidas, con las enfermedades, con las malas noticias que truncan los sueños de uno, con las despedidas, incluso con nimiedades que en el momento nos parecen montañas imposibles de escalar.

Cuando un latigazo golpea tu espalda con fuerza, valoras lo que antes no veías e incluso obviabas. Y descubres lo verdaderamente importarte, lo que siempre ha estado ahí. Lo que permanecía oculto entre tanto problema innecesario, entre tanta banalidad. La simplicidad de las pequeñas cosas.

Y te preguntas, ¿De verdad mi mayor preocupación residía en eso? ¿De verdad me enrabietaba por no saber que ponerme? ¿Por haber tropezado? ¿Por la lluvia que nos sorprendió un día de playa? ¿Porque el niño dibujara un arco iris sobre la silla blanca? ¿El perro destrozó el jardín? ¿Y qué? ¿De verdad?

El otro día leí que alguna de las palabras que más nos cuesta pronunciar a los adultos son: Perdón, ayúdame y gracias. ¿De verdad?

Piénsalo. ¿Dónde vamos a llegar? ¿Cuál es el límite? ¿Vamos a permitir que nuestra negativa a esas palabras nos defina? ¿Dónde reside lo humano? ¿Qué clases de personas queremos ser? ¿Algún día nos daremos cuenta? ¿Abriremos los ojos por fin y respiraremos aliviados? Espero que no sea demasiado tarde.

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Hoy, entre este matojo de palabras, siento la necesidad de dar las GRACIAS, así en mayúsculas. Por la infinidad de cosas buenas que disfruto. Porque siempre tenemos más de lo que creemos y menos de lo que lloramos.

Gracias a vosotros, por leerme, por estar al otro lado de la pantalla, ya sea de la tablet, el móvil, el ordenador o cualquier mecanismo electrónico del que disponemos. Sí, tú, el que va en pijama o bikini, el que me está leyendo desde la playa, la oficina o disfrutando del auténtico placer de vivir.

Gracias por cada comentario, por las veces que habéis sentido conmigo, ya sea congojo o felicidad, pero SENTIDO, ¡Qué pocas cosas hay más bonitas que esa! Por cada palabra, de ánimo, de fuerza, de felicidad. De crítica, también.

Agradezco cada persona que ha definido mi vida de alguna forma. Los que ya no están, los que llegaron y se quedaron y los que vendrán. Todos fueron y son imprescindibles, inolvidables e insustituibles. Cada uno, a su forma, dejó algo, una huella imposible de borrar. Un trocito de alma que me pertenece. Que cuenta una historia de dos vidas. Que cuenta con un pasado que voló y un presente que todavía es nuestro.

amigos gossip

Agradezco poder reír, llorar y cantar. Poder andar y correr. Poder sentir FELICIDAD. El susurro de las hojas mecidas por el viento. La frescura al enterrar los pies en la arena mojada del mar. El canto de los gorriones. Un paseo tranquilo, sin prisa, levantando el acelerador, y nuestra canción preferida. Escuchar la risa de alguien a quien amas, y reír con él/ella. Contar los dedos de los pies. Comerte a besos.

Agradezco, simplemente, poder ESTAR. Seguir luchando por entender un misterio de vida que quizá jamás se resuelva. Conservar la inocencia. Querer trepar más alto. Arriesgarse y querer un poco más. Conservar fotos viejas, recuerdos tontos que para nosotros son TANTO. No olvidar su perfume. Leer y releer historias. Escribir lo primero que venga a la mente, y tacharlo, o no, cumplirlo sí. Viajar y dejarse conocer. Escuchar a otros. Aprender de otros. Creer en otros.

Agradezco los madrugones por obligación, las noches hasta las tantas. Las copas entre amigos. Agradezco los “buenos días” seguidos de beso. Agradezco las sorpresas inesperadas, las visitas improvisadas y el ladrido del perro. Agradezco poder agradecer. Poder abstraerme del falso envoltorio y valorar, desde la semilla que crece con fuerza hasta los rayos del sol.

El buen tiempo se instala con fuerza, las colchonetas, las raquetas y las pelotas se instalan en los rincones de las casas. Sonreímos más y nos preocupamos menos.

Toca descansar, aprender a agradecer el silencio, encontrarse con uno mismo.

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Y repetir mucho: Perdón. Ayúdame. GRACIAS.

Tú y sólo tú

Querida tú:

Hace tiempo que no te encuentras. Estás de capa caída, persiguiendo sueños imposibles. Detrás del listillo de turno, que sabe bien cómo jugar sus cartas, y tú te lanzas sin red.

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Es de valientes eso que haces, te digo que lo admiro, siempre intentando engrandecer minucias, creyendo y teniendo fe en el otro, manteniendo la chispa del farolillo cuando hace tiempo que dejó de emitir luz.

Ya no resplandeces. Te limitas a recoger los rescoldos que crees merecer, lo aceptas y sigues a la greña, deseando que algún día todo cambie. Pero no lo hará. Hay determinadas cosas/historias/batallas que están destinadas a no ser.  Y tú no puedes hacer nada al respecto. No todo depende de uno mismo.

Vives anclada en promesas que algún día se hicieron, intentas reconstruir el viejo jarrón roto con paciencia, aunque te dejes la vida en ello. Y no te das cuenta que todo pasa. Que quizá sea el momento de desengrasar las alas y echar a volar. Que puede ser mejor que esto. Que definitivamente lo será.

Y ya no sirven más palabras, no deberían servir. Es hora de poner pies en polvorosa, pero porque de verdad lo sientas, porque creas que es el momento. Lo encontrarás tú y sólo tú. Quizá un día te levantes y digas basta. Quizá la fuerza que crees no tener venga como un huracán para arrasar con todo. Y te haga ser más fuerte, más valiente, más tú.

Son varios años ya, anclada en el mismo punto de partida. Con los mismos sueños por cumplir pero más decepciones, y más lamentos, y mucha más tristeza. Porque la impotencia pone triste a uno. Lo deja sin ganas, sin motivación. Con falta de agallas. Lo apaga, lo mengua, lo deja sin vida.

Y tú que fuiste tan arco iris. Tan estrepitosamente chisposa. Tan feliz y radiante. Que dejabas polvo de luz a tu paso y lo convertías todo en risa, en baile, en magia. Y ya no encuentras tu varita. Tu corona de princesa quedó olvidada, llena de polvo y sin brillo. Ni el de tus ojos. Que parecen decaídos. A la espera de algo en lo que casi ya no crees.

chica coche trenza

Y los demás avanzan. Construyen sus vidas con sus decisiones, con su coraje. Y no es que a ti te falte, es que lo has olvidado. Y no es que los demás no hayan tenido que sufrir, que también, y luchar, llorar y renacer. Porque todos en cualquier momento hemos tenido que levantarnos de la caída, desempolvar la ropa, curar las heridas y esperar que sanen. Ni tú has sido más ni los demás menos. Todos somos parte del mismo saco, estamos en lo bueno y en lo malo. Y el dolor también es parte de esto. También lo es que las cosas no salgan como uno espera. Pero no por ello hay que venirse abajo. Hay que superarse. Pararse y decidirse a tomar decisiones. A romper con todo. A crear. A equivocarse. A sorprenderse.

Porque te lo digo yo. Puede que la vida no te traiga lo que siempre has esperado, pero no por ello lo que venga será malo. Estate alerta, puede que simplemente sea un envoltorio distinto, un papel al que pensaste no optar, y ahora te ves con la soga al cuello, interpretando la sombra de lo que esperabas ser. Pero nunca es tarde. Quizá sea hora de arriesgar. De dejar de soportar guantazos sin resistirse.

Es cuestión de actitud. De hacer frente a  la vida, a los problemas, a las decisiones que marcaron un antes y un después. Las que te llevaron al lugar en el que estás.

Todos creemos en ti. Ahora sólo faltas tú. ¿Te animas?

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“La peor falta de ortografía que existe, es que nunca ponemos punto y final a aquello que nos hace daño…”

Uno para el otro

“Eran un millón de pequeños detalles, y al sumarlos todos se veía que estábamos hechos el uno para el otro. Y yo lo supe, lo supe la primera vez que la toqué. Fue como llegar a casa, solo que a una casa que nunca había visto. Y fue al darle la mano para ayudarla a bajar de un auto… y lo supe. Fue como… magia” Algo para recordar.

Cuesta darse cuenta. A veces está justo delante y no hacemos más que buscar. Sacar los prismáticos para poder ver a lo lejos. Y es mucho más sencillo, mucho menos complicado, más natural si cabe. Porque no hay que esforzarse en escudriñar e indagar en cada rincón. Está justo al lado. Siempre lo ha estado. Soportando lo peor y lo mejor. Dejándose los hombros de tanta cabeza apoyada. Sin pañuelos de tanto que nos prestó. Consiguiendo salir airoso de desesperantes lunes y celebrando la llegada de los viernes invitando a cubos y tapas. Soportando el chaparrón de nuestras decepciones. De cada lágrima derrochada. Y nuestras noches de juerga. Nos conoce tanto que hasta nos asusta. Porque no puedes fingir un enfado, ni evitar reírte de mentirijillas piadosas. No puedes hacerte la dura o la fuerte con él. Te vienes abajo cuando sientes que las piernas se balancean y el labio comienza a temblarte. Y te conoce como ninguno, corre enseguida a sujetarte, a impedir que te caigas, a exponerte las razones para tus mil sonrisas.

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Hasta ahora ha pasado inadvertido. Ha sido como un hermano, el prototipo de hombre a poner como ejemplo. Pero era AMIGO. E imaginariamente existía una barrera de separación para delimitar la figura que se representa. Amistad sin más. O quizá con mucho más.

Y  sentiste un escalofrío cuando te sujeto del brazo suplicando que te quedaras. Le miraste a los ojos y te sentiste tú, en toda tu plenitud, desnuda, desarmada, sin ganas de huir. Porque estás en casa, estás segura y no te hace falta interpretar ningún papel. Basta con un moño desecho, un pijama viejo y la cara lavada,  sin signos de maquillaje o color. Basta con una mirada furtiva en mitad de una conversación entre amigos para entenderse, para sonreír por lo mismo, para entender el por qué, el qué se esconde detrás.

Porque sabe cómo te gusta el café, ha estado presente en cada una de tus decisiones, incluso en aquellas que te resultaron tan difíciles de tomar. Te apoyó en tus ideas más absurdas, en tus locuras más disparatadas, porque creyó en ti, aún lo hace, jamás ha dejado de hacerlo. Conoce cada una de tus sonrisas; la de compromiso, que se dibuja con una leve ascensión de los vértices del labio, dejando a los ojos cabalgar a sus anchas, siendo los delatores del acto; la de felicidad, que parece gritar al mismo tiempo, la que invita a los hoyuelos a asentarse con fuerza; la de tristeza enmascarada, que llora por dentro, que sufre también; la más triste de todas, la de decepción, la que odia verte. La que consigue que renazca en él la rabia. La fuerza por borrártela tan pronto como sea posible. La que pincha hasta hacer sangre y escuece como ninguna.

El amor es tan ciego que a veces él mismo se disfraza con otros atuendos, intenta engañarte, eludirte, y lo hace tan bien que lo consigue. Te distrae por completo. A veces, estás tan obcecada intentando encontrarle que te lo pierdes, te impides abrir los ojos lo suficiente como para darte cuenta. Esperas que sea como siempre has imaginado. Pero el amor es como es. No se busca, te encuentra. Quizá, solo quizá, solamente era cuestión de mirar a un lado. Y quizá, incluso era mejor de lo que habías imaginado.

Conoce a tu familia, es tu familia, fue uno más desde el principio. Tu madre te lo repetía y  tú lo negabas. Son años, muchos años ya. Muchos momentos juntos. Muchos veranos tirados al sol. Yendo a comprar raquetas de playa, hinchando colchonetas mientras moríais de risa con las caras que poníais. Te cedió el honor de saltar primero, de comer primero, de llegar primero.

Y siempre fue primero.

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Tus novios estaban llenos de defectos para él. Sus novias no le veían como tú lo hacías. Tan increíble que faltarían vidas para entenderlo, para comprender esa exclusividad y distinción que marca. Quizá haya sido eso. El amor disfrazado de mejor amigo. Y tú evitando creer en él cuando lo tenías delante.

Reconforta saber que puedes cantar a pleno pulmón en el coche con él, miraros de soslayo y entender ese momento de complicidad como nadie otro haría. Conocer tus mil defectos y amarte por ellos, elegir quedarse en lo peor y en lo mejor. Que sea la primera persona en venirte a la mente cuando tienes una noticia grata que contar, y saber que se alegrará como tú, que daréis saltitos juntos a riesgo de parecer ridículos y que no le importará serlo por ti.

Que entre millones de personas sólo notará tu ausencia, vigilará impaciente el teléfono esperando que des señales de vida. Y sonreirá como si fuera la última sonrisa de su vida al verte. Tu llegada a la fiesta resultará impresionante, como en esas películas ñoñas románticas en las que parece que el mundo se paraliza, que el murmullo de la gente mengua y exclusivamente se la ve a ella, como tocada por la luz, con un vestido ALUCINANTE, con una naturalidad aplastante. Y titubeará. No encontrará palabras y tú no necesitarás decir nada. Lo sabrá, en ese momento lo sabrá.

Y no es el vestido, ni la  música, ni siquiera lo más o menos guapa que estés. Es ese feeling, ese no se qué que no se puede explicar, es eso que surge sin más cuando es la persona adecuada, cuando saltan chispas. Es esa seguridad desbordante de saber que no te equivocas.  Es esa electricidad, conexión o dilo como quieras, que se siente o no se siente.

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Es bonito saber y tener la certeza de que él siempre te mirará así. Como si fueras sorpresa, como si fueras amante, como si fueras amiga.

“No concordaban mucho, de hecho, casi nunca concordaban. Siempre se peleaban. Y se retaban uno al otro cada día. Pero a pesar de sus diferencias, tenían algo importante en común. Estaban locos el uno por el otro”. El diario de Noah

Sentir y hacer sentir

Nos definimos más por lo que hacemos que por lo que pensamos o decimos. Pocas veces recordamos las palabras de otros, que también. Hay determinadas ocasiones en las que una palabra dicha en el momento oportuno, trastoca la vida de uno por completo. Puede llegar a ser el eslabón que faltaba para coger el impulso necesario para saltar allá donde se quiera. Puede ser también el aviso indispensable para un punto y final. Para cortar las alas o reconstruirlas tan rápido como sea posible. Puede llegar a ser incluso el comienzo de una gran amistad o romper por completo años y años de confianza, de lealtad.

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Una palabra en sí no dice nada, pero en determinado contexto, momento o situación puede decirlo todo. Puede cambiar puntos de vista e incluso romper lazos que parecían indestructibles. El poder en un par de sílabas, en una frase escueta o parrafadas de líneas.

Estaba pensando el otro día en ello. En como un impulso desafortunado puede derivar en montones de palabras superpuestas una encima de la otra, como si hubieran sido escupidas de golpe, y terminar siendo el mayor desastre jamás acontecido. Puede terminar en charcos de sangre y mucho peor, hiriendo un corazón.

Si antes he dicho que nos definimos más por lo que hacemos lo retiro. Firmo aquí mismo mi renuncia a esas palabras, que conste en acta. CREO y ahora sí, que nos definimos por lo que hacemos sentir a OTROS.  Y eso, indiscutiblemente acompaña a la palabra y al hecho. Siempre recordaremos que “fulanito o menganito” nos hizo sentir tal o cual cosa. Al igual que otros nos recordarán por lo mismo. Por haberles hecho reír, llorar, pensar. Haberles hecho sentir a gusto, sentirse en casa, arropados, cobijados de la jauría. Haber sido capaces de crear en otro sensaciones, emociones que florecen de los poros de la piel, que se perciben con sólo tocarse.

Que son tan tangibles como invisibles. Y aún así tan ávidas como cualquier huracán. Que pasa atropelladamente por nuestra vida para ponerlo todo patas arriba y avisar. He estado aquí, lo he movido todo, ¡Reconstrúyelo! Comienza de nuevo. Otra oportunidad. Un aviso. Una ayuda para reiniciar, incluso para formatear tu vida y que no quede ni rastro de lo anterior. No fue. No existió. Nunca formó parte. Cuaderno nuevo. Folio nuevo. En blanco.

Es necesario cuidar y mimar cualquier detalle que salga por nuestra boca en forma de palabras. Para personas como yo, bastante impulsiva a ratos, quizá se necesiten buenas dosis extra de contención. De saber morderse la lengua. Contar hasta diez o hasta mil si hace falta. Irse a caminar, respirar, e incluso dormir y al día siguiente será. Que en frío se digiere mejor. Que desde la otra punta de la orilla se vislumbra la isla en toda su magnitud, completa, con la totalidad de sus partes. No es una ni dos, sino millones.

Puede que al final me quede con eso. Con las sensaciones que me evocan las personas que pasan por mi vida. Por lo que me han hecho sentir. Por la caricia que sentenció el inicio de mi historia de amor. Por el roce de su mano sobre mi mano. Por la textura y la suavidad de sus labios, que sentí con mis ojos cerrados. Que no vi. Por la melodía que fluye y brota de entre las cuerdas del arpa. Por sus manos dibujándola, dándole forma a una canción que puede interpretarse y SENTIRSE de mil formas distintas. Y evocar recuerdos. Y transformar el momento. Pasando de día gris, opaco y sin brillo al maravilloso y resplandeciente romanticismo que aportan unos acordes, unas bellas vistas de la ciudad, la gente en silencio escuchando, unos aplausos de fondo, las palomas dejando entrever y corroborando la esencia misma que nace de un minúsculo, insignificante e inolvidable instante. Insuperable.

hombre con arpa

“Me gustaban sus caricias y su pelo, y sus horas que eran mías, y mis labios en su piel. Y el aroma de ese perfume indiscreto que acostumbraba en el cuello donde tanto le busqué” .- Fernando Delgadillo.

Y es que te digo también, que ni siquiera es exclusividad de las personas, los lugares, la música, el sol sobre la piel, la lluvia arrastrando lo viejo, limpiando los traspiés errantes de la gente corriente, una flor vana, superflua, carente de signos vitales, olvidada, despojada de su razón de ser, también es arte y sensibilidad, también es amor y sentimiento. Y puede encender un corazón y enarbolarlo, dejarlo por siempre tocado, de una pureza y majestuosidad inusitada.

Hoy, cierro los ojos y elijo un momento de la semana. Una pequeña capilla, invisible para infinidad de viandantes que transitan sus calles a diario. Que no se percatan de su belleza decadente. Una música celestial, cantada a capela por una mujer, una voz prodigiosa, fuerte, capaz de transportarte a cualquier otro lugar con solo cerrar los ojos. Algunas velas perfilan los recovecos del oratorio. Unas lámparas de hierro caen del techo y presiden la estancia. Y de repente, sin más preámbulos, algunos presentes se suman a la canción. Voces melodiosas. Belleza indescriptible. Y yo, apartada del resto, soy testigo de toda esa magia. De toda esa aura que ha creado una suma de elementos.  Soy participe, me han hecho participe de alguna forma. Porque también estoy. Y desde mi discreta posición no puedo sino emocionarme. Dejar brotar las lágrimas por sí solas, sin presión, sin querer ocultarlas. Que no me avergüenzan. Dejar de pensar en el que dirán, en salir con la cara chorritosa de rímel. Disfrutar del momento. Del aquí. Ahora. Respirar profundamente sabiendo que este momento es único y jamás se volverá a repetir. Soy una privilegiada y hoy soy consciente de ello.

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Y tú, ¿Qué o quién te ha hecho emocionarte hasta dejarte perpleja y sin explicación alguna? Tiremos de la lengua. ¡También te ha pasado!

El poder de sentir y hacer sentir. Nada incomparable. Momentos que guardaremos para ti y para mí. ¿Los compartes?

 

Egoísmo Navideño

La Navidad es consumismo. He escuchado esa frase millones de veces, de muchas personas distintas. Y bien mirado, no les falta razón. Pero lo es la Navidad, lo es San Valentín y lo son la multitud de fiestas que transcurren a lo largo del año, y en la que los establecimientos afanosos tienden a manifestar a bombo y platillo su llegada, sirviéndose de canciones, de infinidad de adornos y decoraciones varias, todo para invitar a esa malévola parte que habita en cada uno de nosotros a necesitar como si del fin de mundo tratara toda esa cantidad de cosas vanas y superfluas que hasta ese momento habíamos obviado.

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Porque no cuesta reconocer que muchísimas veces la necesidad surge porque el momento y la situación nos invita a ello. Siempre habrán excepciones que rompan con la regla, claro está.

Pero fuera de todo esto, dejando a un lado toda esa parodia enmascarada, subyace algo completamente contrapuesto. Sentimientos, amor, lealtad, ganas de ser mejores. No sé vosotros, pero para mí, fuera de la superficialidad de lo que implica comprar ropa, detalles…, lo verdaderamente importante, y lo que me arrastra a los centros comerciales o a las calles es la ilusión. Sencilla y llanamente eso. Ilusión por conseguir el regalo perfecto, ya sea porque esa persona anda tiempo detrás de tal o cual cosa, porque no se la espera, o simplemente por conseguir un esbozo de felicidad en su rostro. El motivo real es hacer feliz a otro. Está claro que es una auténtica nimiedad, que la felicidad no radica en tener una cosa u otra, pero si sé que el efecto sorpresa, los minutos empleados en busca de ese detalle especial, la dedicación con la que esmerada y delicadamente se envuelven, las palabras que nos ha costado encontrar y que decididamente hemos plasmado en un sobre, una carta o una felicitación, el ansía de que llegue el día de entregarlo, sí cuentan, y tanto que lo hacen. Mucho más que el obsequio en sí.

frase navideña

Un abrazo sincero, un simple “gracias” o  una cara de asombro absoluto, compensan con creces las horas de agobio, de colas y de espera. Puede que incluso lo haga con todo aquello a lo que hayamos tenido que renunciar para ello.

Hoy confesaré que multitud de veces me he visto embriagada ante la necesidad de adelantarme al acontecimiento y entregar aquello que había comprado con antelación. Y al final no lo he hecho, he sabido esperar a su debido momento. Pero esos segundos en los que literalmente me he comido las uñas por el deseo de querer ver esos ojos chisposos, la sonrisa o cualquier muestra de júbilo, personalmente no los cambio por nada.

Es el compromiso que adquiero por propia voluntad, y que me resulta completamente necesario, aunque sea para unos segundos, horas o años.  Conseguir por uno mismo hacer feliz a otro. La recompensa  siempre se gratifica con creces, la felicidad es devuelta. ¿Existe algo más puro y bello que ser feliz por el simple hecho de ver feliz a otro? Será el acto de egoísmo más hermoso que exista.

Por todo esto, os deseo mucho consumismo, muchas ganas de pelear por aquello que busquéis, pero sobretodo os deseo grandes dosis de egoísmo sano, del bueno, del tú y yo. Ser feliz y hacer felices cuesta muy poco.

árbol navidad

¡Felices Fiestas! ¡Feliz Navidad!

Aunque se pierdan otras cosas a lo largo de los años, mantengamos la Navidad como algo brillante, capaz de unirnos y hacernos más felices.- Grace Noll Crowell