Disfrutar. Amar. Vivir.

Aborrezco el postureo barato, porque es de todo menos real. La necesidad de plasmar en redes cómo nos sentimos en cada momento, con quién estamos o lo felices que somos. Me parece un mundo falso donde únicamente impera la “obligación” de dar a entender a los demás cosas superfluas y carentes de verdad. Me transmite frialdad, vanidad e hipocresía.

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¿De verdad somos más felices cuando lo gritamos al mundo? ¿Amamos más cuando lo hacemos ver a través de las redes sociales? ¿Cuando los demás cliquean más “me gustas”?

Tengo comprobado que las tecnologías nos tienen subyugados hasta el punto de creer que lo que no se plasma en una fotografía puede parecer que no ha pasado. No ha quedado constancia. Ni rastro. Y el momento, la sensación de disfrutar al máximo el instante. De ESTAR presente con todo lo que ello conlleva, casi ni cuenta.

Nos reunimos con amigos y debemos inmortalizar el segundo. Subirlo, etiquetarnos, poner un título gracioso y un par de hashtags. Y al fin descansamos. Ya hemos cumplido con esa parte imprescindible que comporta el acontecimiento. Podemos “comenzar” tranquilos a disfrutar del resto. Algo menos insustancial como las risas, las miradas cómplices, las palabras que tatúan el alma, los silencios que muchas veces expresan lo que la boca calla… Pero en fin, todo sea dicho, lo relegaremos a un segundo plano. Porque total, ¿Qué importa el contacto? ¿El tú a tú? ¿Esa sensación inexplicable que a veces surge entre personas que resulta imposible de deletrear? ¿Ese halo inconfundible que surge por un solo roce?

Luego están las personas que utilizan este tipo de medios como escudo. En él se sienten a salvo, más libres para decir lo que piensan, más valientes para juzgar incluso a veces para lapidar. No hay que dar la cara ni poner nombre, se sientan frente a un ordenador y todo es válido. Cualquier palabra, falta de respeto, opinión o crítica construtiva destructiva. Y te diré algo, soy una abanderada de la libertad de expresión, creo firmemente en ella, y la tomo como imprescindible e indiscutible. No cabe discursión válida sobre este tema en particular. Pero como todo en la vida, CON MATICES. Por favor, seamos consecuentes con lo que decimos. Seamos empáticos. Porque todo en la vida es cuestión de perspectiva, de ponerse en el lugar del otro. De tolerancia, respeto y educación. Que valores tan importantes como esos no decaigan, que no se esfumen y queden postergados a segundos escalafones. Deben primar. Siempre. Ante todo y PARA todo.

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El otro día, navegando por la red vi una foto que me llamó mucho la atención. Una madre sentada en el sofá con el móvil entre las manos pensando cómo poner en facebook lo mucho que quería a su hijo. Al mismo tiempo, el niño en cuestión, de unos dos o tres años aproximadamente, intentando llamar la atención de la madre a base de tirones en los pantalones porque quería comer. Y con esa simple imagen sobraban las palabras. Sobran ahora también.

Disfrutemos más. Pero como antes. A todo tren. Para nosotros. La fotografía más bella que represente la felicidad en todo su esplendor no será más que una utopía, porque no habrá momento para hacerla. El universo, en silencio, ya se encargará de congelarla en nuestra mente, en nuestros recuerdos y en nuestro corazón. Y no soy una negada de las tecnologías. Las utilizo y disfruto con ellas. Pero siempre en su justa medida, con cabeza, con raciocinio, intentando explotar lo bueno que nos aportan sin dejar que terminen dominando nuestro mundo.

Amemos más. Pero de verdad. Mirémonos a los ojos y dejemos que el resto fluya sin más. Recobremos las ansías por sorprender al de al lado sin maravillar al resto. Construyamos lazos con sensaciones, con momentos, con sinceridad. Dejemos de buscar palabras que galanteen la forma de comunicar. Basta con dejarse llevar. Con ser honestos con uno mismo. Con bucear en las profundidades de las entrañas y dejar que rebrote solo. Cuando se siente de verdad lo demás sobra. Y los poros de la piel se encargan de hacerlo ver. Porque las ganas vuelan incesantes sobre nuestras sombras. Y no se puede evitar.

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Vivamos más. Sin pensar si es el lugar idílico, si nos envidiarán por ello. Sin buscar el fondo perfecto, la óptica idónea o el brillo que remate una imagen de postal. No hacen falta cataratas, ni tener la ciudad a nuestros pies. No hace falta pisar el Himalaya o subir al último piso del Empire State.

Disfrutemos de la lluvia, de la tierra mojada, del café de las seis, de la conversación insustancial entre amigas en un bar muy cutre. Disfruta de la melodía que fluye entre las cuerdas de un violín. Disfruta con las personas entrañables, los abrazos sinceros y la sonrisa espontanea.

Quiero ser tan real como se pueda. Tan de carne y hueso que si me preguntas respondo, que si pellizcas me quejo y se me duele lloro.

Comprométete

Eres una persona extremadamente dulce. Eres dulzura en estado puro. Todo en ti es así. Tu forma de hablar, de expresarte, de sentir… Te miro y veo infinidad de cualidades. ¡Y tú sin saberlo! ¡Vaya paradoja! Tienes que creer más en ti. Me gustaría que lo hicieras. Que transformaras toda esa bondad que desprendes y consolidaras tu esencia. Que fueras consciente de las posibilidades que ofreces, que tienes.

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Saca el carácter. Vuélvete loca por un rato, o por mucho. Muérdete las uñas. Pellizca donde más duela. Equivócate. Deja de andar por las ramas y baja a la tierra de un salto. ¡Y qué si duele! ¡Y qué si fallas! No quieras controlarlo todo. No quieras agradar a todos. Eres como eres. Maravillosa, auténtica, extraordinaria. No intentes moldearte para encajar en ningún canon, porque no lo harás, no debes hacerlo. Brilla con tu propia luz. A sabiendas que otros querrán que se apague. No les des el gusto. No caigas en sus temidas redes.

Envalentónate. Salta y baila sin freno. Descarrílate. Enamórate de lo opuesto, de lo imposible. Y no declines ante nada. No bajes la cabeza. No aminores el paso. Suéltate el pelo, corre sin miedo. Mira adelante y canta. Grita si quieres. Que nadie enmudezca tus palabras. Que no se conviertan en silencios. Crece sin pensar en cómo. Madura con el tiempo. Déjate arrastrar por la sana locura. Y no tengas miedo.

Te lo pido. Coge tu corona de princesa y lúcela. Pero de verdad. Cómprala en el chino o en la tienda de la esquina. Llévala con orgullo. Allá donde camines te estarán mirando. Y tú así de feliz. Tanto como quieras. Me gusta verte sonreír. Tienes la sonrisa más bonita de todas, ¿Te lo había dicho?

No supliques amor. Él vendrá a ti algún día. Las cosas saldrán bien solas. Pero ya te lo digo, necesitas creer EN TI. Quiérete mucho para que otros te quieran. Refuerza tu autoestima. No quieras tenerlo todo atado. Deja que fluya. No intentes buscar porqués cuando no hay razones. Es y Es. Simple y llanamente. No te esfuerces cuando la tormenta está en contra. Hay veces que es necesario dejar ir. Perderse por otros caminos. Descubrir y asombrarse con parajes nuevos. Escala, investiga, rema, suelta el freno. Bucea en las profundidades. Enamórate del coral, del color de las aves, del verde de los campos.

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Hay muchas maneras de conquistar batallas. Tú eliges cómo.

Te lo aconsejo. Llénate la casa de post-its. Que te recuerden todo lo que eres. Llénala de buenas palabras, de buenos pensamientos, de extraordinarias ideas. Levántate con un “Buenos días princesa” asomando desde la lamparilla de tu cuarto. Que la palabra “sonríe” defina tu día. Pégala en el cristal del lavabo, acompañado de una carantoña de esas que inevitablemente surcaran una mueca en tus labios. Construye proyectos. Listas de cosas que te gustaría hacer. Y llévalas a cabo. Comienza en orden de prioridad. Lo que más ilusión te haga que encabece la lista. Te motivará a continuar. Y no pases a la siguiente hasta haberla hecho tuya. Hasta verla cumplida. Esas pequeñas victorias engrandecen el alma. Y te ayudan a florecer hasta límites insospechados.

Cambia de actitud. Radicalmente. Y haz lo que sientas. Sin miedo al “qué dirán”, ¡Ya ves! , ¿Qué más da?

Construye puentes, lazos a los que poder volver cuando te sientas sola, cuando queden ocultos los motivos para permanecer al pie del cañón, porque te aviso, ¡Ocurrirá! Lo bonito no permanece, al igual que lo feo, se esconden por momentos, y necesitas estar alerta, tener la fuerza necesaria para derribar los bloques y muros que te rodeen. Todo, absolutamente todo es como una espiral que no deja de girar. Igual estas arriba que abajo. Igual estás de un lado que de otro. Y todo cambia. Todo puede hacerlo con un simple CLICK. Y cambio de posición. Pero en eso mismo reside la grandeza. En la obligación de agradecer las cosas buenas que ocurren y disfrutarlas hasta no dejar ni gota, como en la necesidad de tomar lo malo como un reto y ser suficientemente fuertes y autodidactas para aprender de cada lección de vida.

Toma decisiones. Deja de lado las ganas de huir y comprométete. Con las personas, con las ideas, con tus aspiraciones, con tus deseos. CON LO QUE QUIERAS pero HAZ planes. No importa si todo comienza por apuntarse a un curso de BIKRAM YOGA o AQUAFITNESS. La importancia reside en tu predisposición a elegir. A saber qué quieres o qué buscas. Y si te equivocas lo dejas. Tantas veces como sea necesario. No temas fallar pero inténtalo. No te complazcas con seguir al resto. Que nadie decida por ti. Has de ser tu propio motor. Abastecerte de tus impulsos. PROBAR PARA CREAR. EQUIVOCARSE PARA ENCONTRAR.

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Hagamos un trato. No crucemos más palabras. Al menos por ahora. Que baste el silencio para entender que todo comienza con un cruce de miradas.

Espero verte al otro lado.

Mañana, ¿Quién sabe?

Que alguien a quien quieres te falle está en la lista “top” de las cosas que más duelen. Puede que la sitúe entre las tres primeras de la lista. Porque seamos sinceros, una caída duele mucho, desprenderse por los escalones como si únicamente fueras un saco de huesos te machaca enterito, pero… ¡Ay la decepción! Esa sensación de caer al vacío más profundo. De nublarse la vista y no encontrar palabras con las que lamentarse, las que describan exactamente cómo te sientes o qué esperas a partir de entonces. Porque el alma estalla sin compasión. Y los miles de cristalitos esparcidos por el suelo son tan diminutos que resultan imposibles de recomponer. Y ni siquiera sabes si deseas hacerlo.

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Es complicado vendarse los ojos y saltar sin cuerda por alguien. Pero lo hacemos. Siempre existe esa persona por la que navegaríamos sin rumbo. Por la que nos perderíamos sin saber qué será de nosotros. Por la que ni siquiera buscaríamos razones. El corazón basta, el impulso, el deseo de creer en la perfección de dos cuerpos, de dos almas que se encuentran para cabalgar al unísono, nos resulta suficiente.

Pero, ¿Qué ocurre cuando la persona por la que habrías sido capaz de hacer trizas tu mundo te decepciona? Que no queda nada. Ni ilusión, ni fe, ni ganas de que las hayan.

Soy una persona reservada. No me entrego a la primera de cambio, no desnudo mi corazón a diestro y siniestro. Soy precavida, bastante observadora y con una sensibilidad que ralla en el absurdo. No me gusta hablar por hablar, ni opinar por opinar. Intento ser lo más sensata posible y fiel a la persona que se oculta entre la imagen tan distinta que represento, de mujer fuerte, con un carácter imposible de domar. Con principios y creencias férreas. Con independencia y resolución.

Sin embargo, pocos saben que camino a tientas entre la gente, de puntillas, como un halo entre la muchedumbre floreciendo únicamente cuando creo que debo hacerlo. Cuando alguien se gana mi confianza hasta el punto de quedarme sin nada. Sin máscara, sin sombras, sin miedos.

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Por esa misma razón, la confianza es la base fundamental con la que construyo las relaciones que me rodean. Tiendo la mano aún sabiendo que podrás soltármela pero esperando que no lo hagas. Que decidas no hacerlo. Porque soy mucho más vulnerable de lo que crees. Y también me vengo abajo. También caigo  y necesito que me ayudes a levantar. Soy de carne y hueso, la sangre fluye por mis venas y mi corazón llora. Y no espero que seas el héroe del cuento. Ni que lleves la gabardina repleta de galardones. Te necesito a ti. Tan real como yo intento ser contigo. Transparente. Sin envoltorio. Sin parafernalia barata.

No quiero una decoración vintage, ni flores que endulcen el ambiente, no necesito velas que iluminen las sombras. No quiero regalos que enmascaren la verdad. No quiero sentir este dolor porque masacra todo lo que creía que éramos. Y duele mucho.

Necesito que seas capaz de mirarme cada día a los ojos con honestidad, sin medias tintas, con la cabeza erguida y la verdad por montera. No necesito florituras. Ni que intentes calmar mi sed. Me basto y me sobro para abastecerme. No quiero que suavices las palabras que quieres soltar por tu boca. Las dices y punto. Sin intermediarios ni intermitentes. Todo de una. No necesito que construyas castillos, ni puentes en los que cobijar tus ausencias. Sé que eres parco en palabras. Por eso te pido acción-ReAcción. Porque nunca he creído en lo que se dice hoy, y mañana se olvida. Es un “cada día”, no tener que dar nada por hecho. Porque igual que se hace se deshace. Y las personas tenemos límite. A veces, da la sensación de que jamás rallaremos en él, que la paciencia es infinita y el amor todo lo puede. Pero no es así. Un buen día te levantas y explotas. Y todo lo que has ido aguantando a lo largo del tiempo rebrota en ti y dices BASTA. La espuma comienza a salirse del tiesto y ni a dos manos consigues mantenerla a flote, se desmorona, se desploma al igual que tu mundo. Y de pronto eres otra, con diferentes metas, con distintos objetivos, con antagónicas prioridades. Y todo cambia. Y la pena es que no hay vuelta atrás. Que marcharé sin mirar por el retrovisor. Sin percatarme siquiera del equipaje y todo cuanto se queda en tierra firme. Apretaré el acelerador tan fuerte, que se formará una buena humareda. Para dejar constancia de “Yo estuve aquí y te quise”. Para que segundos después siga recordándote todo lo que marchó. Sueños, vida, lucha, esperanza y AMOR.

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Por eso te digo, que no sea necesario perder para valorar. Hoy estoy aquí, mañana… ¿Quién sabe?

“Siempre supo lo que tenía, pero jamás pensó que lo perdería”.

Distintos

Pocas cosas me producen más nostalgia que volver a un lugar en el que ya he estado y no ha cambiado (al menos de forma perceptible), para darme cuenta de lo mucho que lo he hecho yo.

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No sé si será el transcurso de los años, las experiencias o mi sensiblería la que me produce esta sensación melancólica ligada a una añoranza brutal de todo lo que pasó. Aún sabiendo que lo mejor siempre está por llegar. Y siendo consciente, casi de forma exacerbada, que el hoy que me regala tanto, es un tesoro del que no quiero desprenderme y deseo atesorar hasta que se me resbale de entre los dedos y termine una vez más, postrado en la alacena de mis recuerdos.

Un profesor mío, nos dijo una vez, que jamás volveremos dos veces al mismo lugar. Y siendo irrefutable esa premisa, tengo la sensación de que el tiempo transcurrió para todos y obvió el hecho, de que este espacio en el que me encuentro, ha sido bendecido con la virtud de lo eterno, lo imperecedero e infinito. Puedo decir, que todo, absolutamente todo, se encuentra exactamente igual a como lo recordaba. Incluso el aroma, la sensación de libertad, de encontrarse en la cúspide de la cima, contemplando el mundo desde un lugar privilegiado. Siendo esa hormiga diminuta capaz de visualizar el horizonte. Sin reglas. Sin horarios. Sintiendo la paz que muchas veces nos es negada. Naturaleza. Silencio. Soledad.

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Inspiro lentamente intentando capturar todo el aire que me envuelve. Sentirme parte del momento que intento acaparar. Grabar el instante en el álbum de mis memorias. Sé que todo cambia, yo también lo hago. No sé exactamente que me trae aquí. Quizá la necesidad de reencontrarme con una parte de mí de la que apenas queda nada. Mucho más vulnerable, menos reflexiva y más arriesgada. Porque es así, también fui mucho de lo que no soy. Por suerte o por desgracia todo se posiciona de forma distinta creando la misma belleza inigualable. Una transformación necesaria para el alma. Puede ser madurez, serenidad o raciocinio. Pero siempre quedará un atisbo de esa granuja sin miedo. Que se entregaba sin condición. Que luchaba sin descanso aún con las puertas cerradas a cal i canto. Aún sabiendo que el sopapo estaba garantizado. ¡Bendita inocencia! Maldito orgullo, vanidad o condescendencia. Los ojos se vuelven más claros a la vez que el corazón se embarra. Y, ¿De quién es la culpa? De los rasguños del alma. De las heridas que jamás cicatrizarán. Del miedo a volver al error. De la falsedad que cobija una verdad impura, desleal a lo que la razón busca.

Pero existe un pequeño tragaluz en las entrañas, que deslumbra con fuerza cuando las sombras se marchan. Que nos evoca los sueños que algún día tuvimos. Que sin saberlo seguimos teniendo. Quizá menos cuerdos, más huidizos e imposibles. Pero tan reales que se clavan como dagas en una piel con recuerdo, con una reminiscencia que fluye a la mínima ocasión. Que salpica dejando manchas inverosímiles, inviables e insuperables.

Porque no lo negaré, sentada sobre estas piedras tuve sueños. Sentí cosas distintas a las que siento hoy. Soñé con palabras que nunca pronuncié. Y tuve miedos que más tarde sorteé con pulso firme. Y ahora estoy aquí. En el mismo punto de partida. Dos corazones latiendo con fuerza, una ilusión que crece sin medida. Y me siento afortunada. El gozo no me cabe en el pecho y siento que poco más y exploto. Siempre lo he sabido. La felicidad es esto. No puede ser otra cosa.

Hoy también me iré. Dejaré aquí mis pensamientos, como quien los deja en una botella y los lanza a la profundidad del mar. Dejaré aquí una huella inapreciable para otros. Y como siempre, esperaré volver. Uno nunca sabe cuando lo hará, pero sí la intensidad con la que lo estará esperando.

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Son muchos años ya, muchas personas y un mismo lugar. Pero toca volar por otros cielos. Sucumbir a las profundidades de lo nuevo y dejarse impresionar. Nuevo mes. Nuevos proyectos y nuevas ilusiones. También viejas glorias renovadas. Seguiremos al pie del cañón. Esperando parajes en los que perderse o volverse a encontrar. Porque siempre lo he sentido así. Septiembre es el folio en blanco. La libreta nueva. La agenda escolar impoluta. Los libros forrados. El material que con mimo preparamos. Son caras nuevas, otras con las que nos reencontramos. Es el punto y aparte después de una pausa merecida. Es, al fin y al cabo, un inicio de año. Un renove para empezar de cero. Sin vicios. Sin sombras. Sin miedos.

¿Comenzamos?

Reblandeciendo un corazón

Hoy, es un día de esos, en los que me siento frente al ordenador y las palabras se me amontonan en la mente. Quiero que mis dedos tecleen deprisa, que no se pierdan nada de todo lo que quiero escribir. Pero son más lentos. No pueden ir en consonancia con la rapidez con la que pretendo machacarlos. Y ya se sabe… Despacito y buena letra.

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Hace unos días fui al cine. Y no, no es una heroicidad ni un hecho destacable por sí mismo. Sin embargo, se me hace imposible no nombrarlo, dejarlo apartado a un lado como sí no hubiera importado. Porque lo hizo. Algo en mí cambió esa noche. Y no exagero. Lo escribo con el corazón en la mano (casi literal).

Me decanté Nos decantamos por “Antes de ti”. Y menos mal que así fue. Es una de esas películas que atraviesan en mil agujeritos el alma, como si rayos de sol estuvieran perforando en ella. Te dejan tocado. Machacado. Extasiado. ¡Y bendito sea!

Es una de esas películas que te dejan sin palabras. Suspiras con los créditos finales y, cuando terminan, necesitas de un buen estruendo y tiempo (bastante tiempo) para volver a la REALIDAD. Se hacen imprescindibles unos segundos para concienciarse de lo que allí acaba de ocurrir.

Es una lucha por parte de la protagonista entre su deseo y la aceptación del deseo contrapuesto de otro. Una batalla tremenda con la que lidiar sin perder la sonrisa, la humanidad, la belleza de la honestidad y la grandeza del amor. Una auténtica lección de vida.

Las personas necesitamos creer en el lado bueno de las cosas. Necesitamos imponer esa exigencia a aquellos que le son negados. ¡Y nos cuesta horrores aceptar la posición de otros cuando distan tanto de la nuestra! Cuando nos resulta imposible de ver, de creer, de entender. Nos aferramos a la idea de conseguir que vean la verdad a través de nuestros ojos. Que entiendan cómo nos sentimos o cómo amamos. Y no se puede debe intentar cambiar a las personas, lo único que se debe hacer es AMARLAS. Por lo que son. Con sus virtudes y defectos. Con sus decisiones, incluso aunque no las entendamos o compartamos. Con su coraje y el apego a aquello que desean. Somos seres únicos, independientes, con nuestros pensamientos diversos y nuestras circunstancias extrapoladas. No podemos juzgar a otros sin calzar sus zapatos, sin andar su camino, con sus obstáculos diferentes, con sus VERDADES, que también lo son.

pareja militar

Es complicado aceptar que alguien a quien amas decida marcharse. Sólo encuentras razones para que no lo haga, intentas por todos los medios hacerle ver las infinitas oportunidades que tiene, que cabeceé, que vuelva la vista atrás y consiga ver la luz y el brillo en las pequeñas cosas. Que se sorprenda con nuevas experiencias, emociones y sentimientos que creyera olvidados. Pero no hay nada peor que sentir que se carecen de POSIBILIDADES. Porque ya lo dice Will en su carta final “Saber que las tienes es un lujo”. Poder contemplar el horizonte sabiendo que no tiene fin, que se ampliará a cada paso, que crecerá con cada sueño, con cada ilusión, con cada esperanza. Tener la certeza que levantarás mañana pudiendo cumplir con lo deseado. Que vivirás, de una forma u otra, pero tu existencia quedará marcada por tus pasos, por tus decisiones y por la huella que decidas crear, pero al fin y al cabo es eso, VIVIR, respirar, oler, sentir, ESTAR.

Y a pesar, de que creas, con toda la fuerza de la que eres capaz, con una firmeza absoluta, sin titubeo, sin temblor al escribir, sin dilación, que puedes cambiar la visión del otro, su parecer respecto a su particular visión del mundo, no te equivoques. Lo mejor que puedes hacer es admitir sus verdades, su realidad. Ser capaz de sonreír ante la adversidad. Ante el temblor de piernas que pueda producirte determinada situación. La forma en la que decides vivir a su lado, quede lo que quede, la forma en la que decides admitir el hecho que te concome, será el que lo determinará todo.

Me gusta la sonrisa de LU, cada día, por todo, a pesar de todo. Me gusta su dulzura, su inocencia, su bondad. Me gusta esa necesidad de dar AMOR. De entregar sin esperar recibir. Me gusta que sin ella darse cuenta, con esa paciencia infinita, con esa magia que irradia, cambie la existencia de alguien que ya no espera nada. La espontaneidad, la empatía, la alegría que trasmite, son decisivas para reblandecer un corazón demasiado machado por una vida carente de ilusión.

Puede que con las muchas enseñanzas que trae consigo la película, me quede con esa. La autenticidad, la fe en las personas y las cualidades impalpables que uno sin saberlo va derrochando allá donde va.

Serena playa

El grano de arroz, la gota del mar, la sonrisa de complicidad, el gesto de apoyo, el silencio, la amabilidad… SÍ pueden cambiar el mundo, o mejor aún, cambiar el mundo de alguien.

¿Y qué? ¿De verdad?

Soy una persona excesivamente empática. Y aunque en principio pueda parecer una virtud, que no niego que lo sea, hay determinadas ocasiones en las que puede resultar un verdadero quebradero de cabeza y afectar de manera muy personal a cualquier resquicio de mi vida.

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Enseguida siento el dolor de otro y lo vivo con una intensidad aplastante. Pienso en ello durante tiempo después y de alguna forma mis pensamientos viajan junto a esa persona a lo largo de mis días. Incluso me pasa con personas no tan cercanas a mí.

Estoy aprendiendo a relativizar las cosas. A no dejar que todas las noticias penetren en mí de la misma forma. Porque no se puede vivir así. Desgraciadamente en el mundo hay noticias terribles cada día. Y precisamente porque somos personas nos afectan, es inevitable. Sufrimos con las pérdidas, con las enfermedades, con las malas noticias que truncan los sueños de uno, con las despedidas, incluso con nimiedades que en el momento nos parecen montañas imposibles de escalar.

Cuando un latigazo golpea tu espalda con fuerza, valoras lo que antes no veías e incluso obviabas. Y descubres lo verdaderamente importarte, lo que siempre ha estado ahí. Lo que permanecía oculto entre tanto problema innecesario, entre tanta banalidad. La simplicidad de las pequeñas cosas.

Y te preguntas, ¿De verdad mi mayor preocupación residía en eso? ¿De verdad me enrabietaba por no saber que ponerme? ¿Por haber tropezado? ¿Por la lluvia que nos sorprendió un día de playa? ¿Porque el niño dibujara un arco iris sobre la silla blanca? ¿El perro destrozó el jardín? ¿Y qué? ¿De verdad?

El otro día leí que alguna de las palabras que más nos cuesta pronunciar a los adultos son: Perdón, ayúdame y gracias. ¿De verdad?

Piénsalo. ¿Dónde vamos a llegar? ¿Cuál es el límite? ¿Vamos a permitir que nuestra negativa a esas palabras nos defina? ¿Dónde reside lo humano? ¿Qué clases de personas queremos ser? ¿Algún día nos daremos cuenta? ¿Abriremos los ojos por fin y respiraremos aliviados? Espero que no sea demasiado tarde.

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Hoy, entre este matojo de palabras, siento la necesidad de dar las GRACIAS, así en mayúsculas. Por la infinidad de cosas buenas que disfruto. Porque siempre tenemos más de lo que creemos y menos de lo que lloramos.

Gracias a vosotros, por leerme, por estar al otro lado de la pantalla, ya sea de la tablet, el móvil, el ordenador o cualquier mecanismo electrónico del que disponemos. Sí, tú, el que va en pijama o bikini, el que me está leyendo desde la playa, la oficina o disfrutando del auténtico placer de vivir.

Gracias por cada comentario, por las veces que habéis sentido conmigo, ya sea congojo o felicidad, pero SENTIDO, ¡Qué pocas cosas hay más bonitas que esa! Por cada palabra, de ánimo, de fuerza, de felicidad. De crítica, también.

Agradezco cada persona que ha definido mi vida de alguna forma. Los que ya no están, los que llegaron y se quedaron y los que vendrán. Todos fueron y son imprescindibles, inolvidables e insustituibles. Cada uno, a su forma, dejó algo, una huella imposible de borrar. Un trocito de alma que me pertenece. Que cuenta una historia de dos vidas. Que cuenta con un pasado que voló y un presente que todavía es nuestro.

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Agradezco poder reír, llorar y cantar. Poder andar y correr. Poder sentir FELICIDAD. El susurro de las hojas mecidas por el viento. La frescura al enterrar los pies en la arena mojada del mar. El canto de los gorriones. Un paseo tranquilo, sin prisa, levantando el acelerador, y nuestra canción preferida. Escuchar la risa de alguien a quien amas, y reír con él/ella. Contar los dedos de los pies. Comerte a besos.

Agradezco, simplemente, poder ESTAR. Seguir luchando por entender un misterio de vida que quizá jamás se resuelva. Conservar la inocencia. Querer trepar más alto. Arriesgarse y querer un poco más. Conservar fotos viejas, recuerdos tontos que para nosotros son TANTO. No olvidar su perfume. Leer y releer historias. Escribir lo primero que venga a la mente, y tacharlo, o no, cumplirlo sí. Viajar y dejarse conocer. Escuchar a otros. Aprender de otros. Creer en otros.

Agradezco los madrugones por obligación, las noches hasta las tantas. Las copas entre amigos. Agradezco los “buenos días” seguidos de beso. Agradezco las sorpresas inesperadas, las visitas improvisadas y el ladrido del perro. Agradezco poder agradecer. Poder abstraerme del falso envoltorio y valorar, desde la semilla que crece con fuerza hasta los rayos del sol.

El buen tiempo se instala con fuerza, las colchonetas, las raquetas y las pelotas se instalan en los rincones de las casas. Sonreímos más y nos preocupamos menos.

Toca descansar, aprender a agradecer el silencio, encontrarse con uno mismo.

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Y repetir mucho: Perdón. Ayúdame. GRACIAS.

La historia que no pudo ser

Amaba su locura, mucho más que cualquier otra cosa. Y la retaba constantemente, porque la conocía, sabía de su superación y sus ganas. Y jamás se dejaba amedrentar. Era fuerte y lista. Era astuta y decidida. Y no conocía miedo. Se anticipaba a las palabras, a los besos, a los te quieros.

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Amaba la sutil forma de acariciarse el pelo. Y lo resolutiva que era. Tan práctica como para no cabecear. Cada principio tiene un final. Cada herida un lamento. Y cada despedida el deseo de volver a encontrarse. Y ella lo sabía. Tenía conciencia del tiempo, y lo exprimía hasta no dejar ni gota. Era un hoy constante. Queriendo acaparar cada segundo, no dejando nada por hacer, por soñar, por creer. Pero la noche llega. Y con ella un adiós a lo vivido. Pero habrán nuevos amaneceres, nuevos retos y nuevas batallas. Volverán a besarle las mejillas. A sonrojarla con palabras bonitas. A sorprenderla con canciones de amor. Y sonreirá como nunca.

Amaba sus disparatadas ideas. Cómo salpicaba el agua con las manos. Cómo correteaba por el campo creyendo en lo imposible. Alzándose por encima de las flores, acariciándolas a su paso. Y agradeciendo el maravilloso regalo de vida. Porque no le costaba decir gracias. Parecía incluso entonar la palabra. Y él reía de su melodía. De su cariñoso acento. De su deje que la delataba allá donde estuviese.

La amaba desde que la conoció. En silencio. A la espera del día que nunca llega. Analizando y estudiando la forma de hacérselo saber. Y cuando parecía encontrarla, el miedo conseguía paralizarle, las palabras no fluían, se ahogaba en sus silencios. Se quedaba seco, angustiado de dolor. Y parecía retroceder mundos. Alejarse a zancadas de lo que quizá más podía desear.

Pero hay palabras que necesitan ser dichas, porque sino marchitan a uno. Porque los momentos también pasan, al igual que las oportunidades. Y al final uno se queda con el regusto amargo de lo que no se atrevió a decir. Y con los años, el poso de ese recuerdo se hace más denso, y pesa más. Porque hay veces que uno debe darse de bruces y luego ya se verá. Los capítulos deben terminan, de una manera u otra, al igual que las historias. Resulta más gratificante que quedarse en puntos suspensivos, en interrogantes que jamás obtendrán respuesta.

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Luego vienen las lamentaciones. Las excusas con las que cargamos por miedo, al fracaso, al dolor, a la pérdida. Y es mejor asumirlo como venga. Enfrentarse a ello. Porque en cada derrota también hay victoria. Algo crece en nosotros. La verdad se acepta y se sigue adelante.

Otro ha debido dar el paso, porque se escucha su risa a lo lejos. Sus ojos centellean en la noche, y sus labios dibujan la verdad que ocultan sus palabras. Se ha multiplicado, como la espuma del mar cuando rompe en el acantilado. Tiene más luz si cabe. ¡Si no necesita la luna! Ella resplandece en la absoluta oscuridad.

Pero él jamás lo sabrá. A ella le atormenta una pena, de una historia que no pudo ser. Una amistad fugaz que dejó un recuerdo imborrable. Acaricia con los dedos las fotografías de un verano que quedó latente en un corazón desgarrado. Revive aquella mirada profunda. Aquellos roces inocentes, el calor de su abrazo, la ternura en sus palabras de aliento. ¡Y cómo la miraba! Porque hay miradas que se graban a fuego en el alma. Y ella se pregunta si él pensará en ella. Si alguna vez esperó un beso robado de unos labios castos que gritaban por él, que suspiraban por él.

El tiempo pasa y otro la abraza por la espalda. Le ama. También lo hace. De otra forma quizá. Tal vez más madura, más cuerda, más real. Y sabe que tendrá todo cuanto desee. Que satisfará sus necesidades con creces. Que le dará lo que otros no pudieron. Y será feliz. A pesar de que un día de final de Agosto esperó y esperó. Y posiblemente algo en ella siga esperando.

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