Aquellos maravillosos años

Hay etapas de nuestra vida que quedarán para siempre en nuestro recuerdo  y los bautizaremos a menudo como “aquellos maravillosos años…”. Sonreiremos al recordarlas y nos resultará imposible evitar ese suspiro de nostalgia que conlleva todo lo que no vuelve y nos ha hecho inmensamente felices.

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Somos un cúmulo de lo aprendido, de las vivencias que hemos ganado y las personas que hemos perdido. Somos lo que pensamos, lo que hacemos, lo que sentimos. Crecemos con cada decisión y volamos con cada sueño. Hacemos equilibrio entre aquello que nos gustaría ser y aquello que somos.  Y el resultado se advierte en un simple momento, el aquí, ahora, hoy. La decisión de esperar cinco minutos más. Café o té. Llamar o colgar. Irse o quedarse. Estar o parecer estar.

Suelo escuchar el temido “cualquier tiempo pasado fue mejor” con muchísima asiduidad, normalmente en personas que por algún motivo dejaron sus ansías de lucha olvidados en algún rincón, entre trastos viejos e inútiles y montón de recuerdos en los que ampararse para poder contar. Personas que viven ancladas a un pasado, posiblemente ya muy lejano, y aún así lo sienten como si fuera ayer. Con la nitidez de un rayo de sol entrando por la ventana en una mañana de verano. Con la frescura de la hierba recién mojada y su maravilloso aroma. Con la calidez de las brasas que emanan de una chimenea expectante de magia, quizá a la espera de la ansiada noche navideña, entre turrones, vino, compañía excepcional e historias que nos hacen sentir en casa. Rodeados del calor del hogar. Protegidos del frío que se estrella contra los cristales de las casas. Recuerdos en mantas de cuadros, botas de borreguito y galletas de jengibre. Risas que engrandecen a uno y lo sitúan en la cúspide de la felicidad.

Recordar es viajar a un pasado que se aleja más y más. La llave que encierra un tesoro escondido en el fondo del mar. Es la capacidad de teletransportarse en el tiempo, con unos años menos, sueños de más y sonrisas que parecen eternas. Es volver a sentir la ternura que sugiere un abrazo cuando emerge del epicentro del corazón. El suave tacto de sus manos recorriendo milimétricamente mi cuerpo. Y la llama que se encendía de la pasión de dos miradas que lo decían todo. Sinceras, puras y apasionadas. Tanto como pueden ser dos almas que no han sido heridas, que aman sin control y se entregan con desenfreno. Porque quizá sólo se ame así una vez. Sin medida, sin forma, sin ningún tipo de miedo. A cara descubierta y dando todo por nada. Luego ya llega el turno de los parches, de las heridas, cicatrices que moldean la misma esencia y te hacen estar alerta, más astuto, más cauto, menos libre. Pero no es más que la vida misma, que te sitúa donde tienes que estar, con las personas que debes hacerlo y las circunstancias que llegaron sin pedir explicación, ni motivos.

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Recordamos continuamente fechas que dejaron huellas impresas a fuego en un rinconcito de nuestro ser. Como un tatuaje que nos acompañará de por vida. Y éste no tiene tinta, ni se borra con láser. Pero es tan vívido que nos hace temblar de emoción, llorar sin control y reír sin límite. Son secuencias de momentos que nos invaden de júbilo o de frustración. Nos recuerdan lo más o menos entusiastas que pudimos llegar a ser. Lo más o menos valientes. Pero todo se desvanece de pronto y vuelta a la realidad. Hoy somos lo que somos. Tenemos a las personas que queremos o hemos podido conservar. Todo es cíclico, la vida en sí lo es, no deja de moverse, de perseguirse, de encontrarse. Y es cuando me paro a pensar en todo ello, cuando comprendo la importancia que tuvieron las personas que compartieron conmigo todos esos y muchos más momentos. Fueron todo. Aún lo son todo. Al final, el con quién siempre prevalece sobre todo ese decorado que no hace más que impresionar. Todo se reduce a nada cuando no hay con quién compartir, con quién reír, con quién cantar, con quién amar, con quién arriesgar.

Tuve suerte de las personas que pasaron raudas por mi vida y las que decidieron quedarse. Tuve suerte en mi etapa estudiantil por las amistades que nacieron y a día de hoy perduran. Tuve suerte de entrar en aquel viejo café y tropezar contigo. Encontrarme ataviada de libros, bolsas y paraguas, y ser la destinataria de tu jocosa mirada. Me invitaste a un café y lo rechacé. Debí parecerte una borde insociable. Me alejé a zancadas sin mirar atrás. Me resguardé en aquella mesita apartada en un rincón. Alejada del murmullo incesante. De los pensamientos infructuosos. Y el golpeteo de los dedos sobre las teclas de un portátil. Trabajo y más trabajo. Y yo sólo quería huir de él. Alejarme por un instante de todo ese mundo que avanza a la velocidad de la luz. Que exige que nosotros también lo hagamos. Que nos preparemos, que luchemos, que seamos invencibles. Que cabalguemos a marchas forzadas. Sólo necesitaba un PAUSE. Bajar el volumen y adentrarme en mi mundo. Relajarme. Olvidarme. Sentirme plenamente yo. Sin estar condicionada a unos cánones que exigen infinitamente más de lo que deberían. A unas pautas difíciles de seguir por todos. A un ritmo que exaspera a cualquiera. Y no te diste por vencido. Volviste minutos después con un croissant entre las manos y gesto afable. Intestaste hacerme reír y lo lograste. Y me ganaste un poco más. Un poco mejor.

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Hoy, algo en mi gritaba por todos esos recuerdos, por todas esas voces que la rutina y el tiempo, se encargan de ir apagando.  Y a pesar de que me gusta como lo que más navegar en el baúl de los recuerdos, agradezco inmensamente el hoy. Todo lo que tengo y lo que está por venir. Que estoy convencida que no dejará de ser mejor y mejor cada vez. Superarse si es posible, que siempre lo es.

Estoy  plenamente convencida de que todo suma y preparada estoy, a la espera de este invierno que se presenta dulce, muy dulce, extraordinariamente dulce.

Deseo lo mismo para todos vosotros.

Besos con sabor a algodón de azúcar.

Te elegiría mil veces más

Llueve. Son las cuatro de la mañana y me sorprendo dando vueltas en la cama. ¿Cuándo comencé a enterarme de lo que ocurría en la noche? Siempre he sido de esas personas a las que ni una bomba habría despertado. Pero estoy aquí, mirándote, mientras escucho el ruido persistente del agua golpeando los tejados de las casas. Y me tapo hasta las orejas mientras me acurruco cerca de ti. Y no te inmutas. Sigues relajado, ensimismado en tu sueño profundo. Y sonrío, porque me hace feliz verte así. Me hace feliz verte.

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Pienso en la suerte que tengo de tenerte. Mi felicidad no depende de nadie, ni siquiera de ti, pero me engrandece, tu amor sobrepasa mis propios límites y me enseña cosas cada día. Ahora soy mucho de lo que jamás pensé que sería. Y no has sido tú, hemos sido los dos.  La confluencia de dos almas que no han hecho más que amarse. Que siguen haciéndolo, a pesar de la adversidad, de las dificultades que surgen cada día y de los sinsabores que la vida se encarga de irnos obsequiando. Pero estás aquí. Yo estoy aquí. Y eso lo significa todo. No en presencia, sino en mucho más, en lucha, en fuerza, en ganas.

Siempre me dices que te he hecho ser mejor, pero ¡Ay si supieras! Tú me has dado tanto… Lo mejor de mi vida. Esas cosas que escapan del léxico, de los sentimientos y de lo hasta ahora inventado. Has creado una magia que ni cien vidas podrían haberla causado. Un aura que nos agarra con fuerza trayéndonos para sí. Y me hacen volar contigo, soñar contigo y amarte más.

Siempre he sido un rato peliculera, soñadora y romántica hasta decir basta. Pero contigo he aprendido su significado real. Y no tiene nada que ver con relaciones idílicas, lluvia de corazones y canciones como banda sonora. El amor es dedicación y constancia. Es tener esa certeza absoluta de querer andar para siempre de su mano, inclusive en los momentos que la tormenta amenace con apagar la llama. El amor es que me veas hecha una piltrafa y aún así sonrías y me digas lo bonita que estoy. Es irte corriendo al quiosco en busca de gusanitos de mantequilla porque acabo de decirte que me apetecen como lo que más. El amor es tu preocupación en el rostro cuando me encuentro mal. Y los mensajes que me envías cuando me tienes lejos. Me has hecho entender que no hacen falta palabras bonitas cuando tus ojos lo dicen todo. Que no existe una escala gradual para calcular la intensidad con la que se siente. Y de nada sirve situarla en la tierra o la luna. Simplemente está ahí, en todo su esplendor. Esperando recibirla con los brazos abiertos y cobijarla con millones de besos. Ni tú amas más ni yo siento menos. Cada uno lo hace con la vehemencia de la que es capaz. No hay dos personas iguales, ni dos formas de amar similares. Por eso he aprendido también, que no se puede esperar que alguien sienta de la misma forma que tú, porque no hacerlo no significa que no lo haga con todo su ser. Hay que tener cuidado con las palabras que se dicen y cómo se dicen. Y sobretodo estimar cada pequeño detalle del otro y situarlo en el escalafón que se merece. Como algo auténtico, sincero e irrepetible.

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Pienso en la primera vez que te vi. En como mi ingenuidad adolescente desconocía todo lo que significarías para mí. Pero el destino, la vida, o nosotros decidió/decidimos unir los caminos para hacerlo uno. Y me satisface, a la vez que enamora, saber que si tropiezo me sujetarás con fuerza. Y yo estaré ahí para ti. Para correr a tus brazos, sostener la cantimplora o asegurarme de que tu mochila pese cada día menos. Porque a pesar de las experiencias que nos van encontrando, algunas o muchas resultan necesarias dejarlas marchar.

Ahora, en el momento en el que nos encontramos, surgen infinidad de dudas a diario. Y aunque consigamos quedárnoslas para sí, se perciben. Yo lo hago, al igual que tú. Porque nos conocemos hasta la saciedad.

Pero te aviso: No tengas miedo. Serás capaz de todo y de mucho más. Y te sorprenderás a ti mismo, de la cantidad de cosas que desconocías, y seguiremos creciendo juntos, aprendiendo a la vez, sumando a la vez. A mí también me tiembla la voz y las piernas me flaquean. Porque los grandes pasos conllevan grandes responsabilidades. Pero estoy convencida que podremos con todo, juntos siempre es así.

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Y no lo olvides, ni ahora ni nunca: Hoy, mañana y siempre, en esta vida o en cualquier otra, seguiría apostando por ti, creyendo en ti, enamorándome de ti. En definitiva, una y mil veces más.

Cuando te veo en mis sueños

¡Qué misterio el de los sueños! Sentir que puedes acariciar a alguien de la misma forma y con la misma intensidad que en la realidad, ¡Es mágico! Desde luego que lo es. Un mundo paralelo, incomprensible y a la vez aún demasiado inexplicable. Algo intangible que puede transportarnos directamente al lugar que anhelamos, con las personas que echamos en falta y los sentimientos que el tiempo parece ir olvidando.

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Y todo vuelve a su lugar. Como si no hubiera existido ese corte, ese punto y final, esa despedida con ese afligido adiós. Jamás ha habido interrupción. Todo sigue como si nada. Sigues sonriendo de la misma forma y yo te abrazo por detrás. Quiero aprovechar el tiempo que me queda, porque despertaré y volverás a dejarme.

Abro los ojos y algo me dice que ha sido real. Que has estado aquí. Porque sino ¡Ya me dirás! ¿Cómo explicar esta paz que me queda? Esta felicidad que salpica todo a mi paso. Esa sensación de bienestar, de plenitud, de agradecimiento.

Es un pequeño espacio que compartimos, que reservamos exclusivamente para nosotras. Sabemos que siempre nos tendremos, de una forma u otra. Nadie ni nada nos privará de ello. Un pequeño templo, quizá en otra dimensión, en la que podemos contarnos las cosas, volver a revivir aquello que tan bien nos hizo sentir. Contarte al detalle las novedades con las que la vida me ha ido obsequiando.

Algunos dicen que los sueños amparan los miedos, los deseos, o lo más recóndito de nuestro ser. Otros sin embargo, pueden llegar en forma de advertencia, de recuerdo o enseñanza.

Yo sé, que de alguna forma, no me preguntes cuál. Llegas hasta mí para hacerme llegar las palabras que quizá me falten, el beso que necesito o el calor del abrazo que amansará la fiera y me hará sentir en casa. Porque por muy fuerte que aparente ser, necesito de vez en cuando sumergirme entre los brazos para cobijarme, sollozar sin motivo y quejarme sin causa.

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Ahora, que además estoy en una etapa de grandes cambios, necesito como agua de mayo la fortaleza que tú tenías. Reconozco, que hay días en los que me entra un vértigo tremendo, a pesar de desear con fuerza que todo llegue a la velocidad de la luz, porque si hay algo que no puedo frenar es eso, el deseo. Pero dicen, que cuando visualizas por fin ese comienzo, ese atisbo de materialidad de aquello que tanto tiempo llevas esperando, ASUSTA.  La incertidumbre entra a grandes zancadas como elefante en una cacharrería. Y no sabes si llorar o reír, o hacerlo a la vez.

Así es como me siento, con dos personalidades rivales intentando ganar la batalla, hacerse hueco a codazos y volverme loca. Que hay días en los que me como el mundo y otros me comen a mí. Mi parte más endeble (que la tengo) reclama a grito pelado auxilio, con pañuelo blanco incluido, enarbolándolo como cuál bandera.  Y ahí me zambulliría sin pensarlo en el bálsamo de tus besos (qué bien sé que son curativos), como cachorrito abandonado en búsqueda desesperada de sus progenitores. Que a veces soy más niña de lo que parezco, mucho más, insoportablemente más. Vuelvo a las andadas y sólo quiero mimos, carantoñas y sentirme a salvo. Qué, ¿Quién no busca eso? Vivimos con esa reminiscencia de los años y los momentos de antaño que nos hicieron sentir seguros. Y da igual la edad, o el carácter fortachón que tengamos. Somos más vulnerables de lo que mostramos. Todos bajamos la mirada ante la inquisitiva regañina de una madre. Y todos, ABSOLUTAMENTE TODOS, vivimos en la búsqueda incesante del amor. En esa imperiosa necesidad de amar y ser amados. Sea en la forma que sea. No desvirtuéis mis palabras agarrándoos únicamente a ese amor conyugal, romántico, (——) (poned aquí el adjetivo que os plazca) porque estoy generalizando, multiplicando al máximo exponente. Porque siempre he creído que el amor va de eso, de sumar, multiplicar y dividir, pero no restar. Al menos lo que yo entiendo por amor.

Así que no sé lo que vendrán a significar estos encuentros furtivos. Estas palabras que nos cruzamos en zonas extrapoladas donde nada es tan real como parece ser. Pero las agarro con fuerza, las recuerdo con la nitidez necesaria para confundirlas con momentos que sí puedo capturar en instantáneas y mostrarlas después. Pero vete tú a saber, cual es el límite, la divisoria o el linde entre lo que tangible e intangible, lo cierto, verídico y lo que no.

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Que nada es tan razonable como a simple vista parece ser. Y lo que tú percibes no lo hago yo y a la inversa.

Dime, ¿Cuántas veces has sentido algo que no has podido explicar? ¿Lo considerarías tan real como respirar?

Yo ya tengo mi respuesta. Espero la tuya.

No busca amor

Ella era, ¿Cómo lo diría? Una de esas personas que se resignan, que no van a por todas, que no esperan más de lo creen merecer. Y siempre se consideran poco. Vagabundean amor. Andan cavilosas entre los adoquines de la ciudad, con la mirada gacha y la esperanza perdida. Sin destino determinado. Con migajas de sueños en los bolsillos y sombras de todo lo que quisieron ser. Pero ya no luchan. Ya no creen. Se conforman con dejarse arrastrar. Con quedar empapadas hasta que cale en los huesos.  No se cobijan. No desafían al mundo a base de buenas intenciones. Sólo esperan. Y que llegue lo que tenga que llegar.

– Ahora, ya no busco amor.- Me dijo de soslayo evitando cruce intenso de miradas.

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Y no supe que decir, ¡Porque le hubiera dicho tanto! Pero al fin y al cabo, ¿Quién soy yo para dar lecciones? Quizá la tonta que avista el amor en cada rincón. Que cree en él hasta la médula. Love is in the air, everywhere I look around. Love is in the air, every sigh and every sound. (El amor está en el aire, en todos los sitios a los que miro. El amor está en el aire, en cada suspiro y en cada sonido). Que ya lo decía John Paul Young en su canción. Y no voy a ser yo la que le contradiga.

Así que ahí nos quedamos, dos tontas muy tontas mirando cada una en una dirección. En silencio, dando puntadas con el zapato a la nada. Sólo se oía el traqueteo del roce en el suelo. Y mis razones que gritaban para sí esperando que mis labios pronunciaran palabra alguna, pero ahí se quedaron, ni pío.  Y días después no dejo de darle vueltas. ¡Qué oye! Cada uno tiene el derecho de esperar lo que le plazca, ¡Pero mira que negarse al amor! Ya sea en la forma que sea, bajo la sombra del olmo o la del chopo, o espera, mejor aún, el cocotero. Que a veces hubiéramos necesitado de una buena tunda en la cabeza. Que nos ordene las ideas, que repare las viejas bisagras o cure las heridas del alma.

Porque ya se sabe. Vamos acumulando trastos inútiles y al final no sabemos dónde meternos ni nosotros mismos, porque no hemos dejado hueco para lo nuevo. No hemos vaciado el armario y expulsado de él todos esos suéters que pican, los zapatos que duelen o el abrigo que pasó de moda. Y por mucho que queramos renovar nos es imposible. A veces, nos aferramos tanto al dolor, a las experiencias que no fueron gratas, a los recuerdos que empañan los ojos de vaho que nos impedimos esquivar los obstáculos y ver más allá. Porque siempre hay opción. Siempre hay ese algo que ilumina de luz las sombras.

Y, ahora, resguardada de ese aleteo incesante de realidad que me abofeteó en forma de palabras, te diré todo lo que no pude. Lo que por el motivo que sea no me atreví a decir.

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Eres bella, y fuerte. Y todo se pierde en el momento en el que uno se rinde. Bajar los hombros y mirar abajo no es opción. Tampoco hacerlo en otra dirección, por muy fácil que te parezca. Nada que merezca la pena se ha conseguido jamás sin esfuerzo, sin valentía y sin ganas. La vida no regala, recompensa. Por cada caída una flor te sanará la herida. En cada fracaso un abrazo te estará esperando. Cuando se pierde también se encuentra. Hoy llueve y mañana sale el sol. Las nubes tapan las estrellas, y no verlas no implica que no estén. Siguen brillando, con una luz que deslumbra a su paso. No dependen de nadie para hacerlo. Y todos las admiramos. Querríamos alcanzarlas con las manos, sacarlas de su hábitat y esconderlas en un cajón. El nuestro. Pero así no va la cosa. No podemos brillar a costa de nada. No podemos apagar el fulgor de otros. Hemos de encontrar el nuestro. Que florezca de nuestras entrañas. Que se nutra de nuestra esencia. Que comparta nuestras mismas huellas dactilares, nuestro mismo patrón.

Jamás desesperes, que no sea esa tu respuesta. Lo bueno trae cosas mejores. Y el amor está ahí. Con 20, 30 o 70 años. Está. Lo imagino como un imán bien grande, y debes estar receptiva y en consonancia con el universo. No puedes darle la espalda. No se puede vivir a la greña con él porque es bello y natural. Creo que te has dicho a ti misma tantas veces que no lo mereces que has terminado por creértelo. Y no hay nada peor que sentir que no formas partes. Que encontrarte perdida entre un montón de gente y no saber a dónde tirar. Pero estoy aquí. Si te tranquilizas, respiras hondo y comienzas a situarte en el lugar exacto en el que estás me verás.

Por alguna extraña razón me has contado cómo te sientes. Por alguna otra has decido negarte a algo en lo que siempre has creído. Por muchas otras te arrinconas aquí. Con estos pensamientos, con esta falta de agallas y con esta tristeza ya aceptada y asumida por ti.

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Por otras razones, quizá porque me niego a creer que alguien quiera huir del amor, me encuentro tecleando a toda prisa, aporreando sin contemplación el teclado a la espera de que puedas leerme. Que consiga a través de estas letras llegar a esa parte vulnerable de ti y florezca algo de lo que pueda aportarte. Intentar una operación a corazón abierto si es necesario. Pero no me hagas llegar hasta ahí. Sacúdete el polvo y sal a bailar. Rompe las mil espinas como el que despedaza una flor. Diciendo adiós a esos “noes” esperando quedar con el “sí”.

Disfrutar. Amar. Vivir.

Aborrezco el postureo barato, porque es de todo menos real. La necesidad de plasmar en redes cómo nos sentimos en cada momento, con quién estamos o lo felices que somos. Me parece un mundo falso donde únicamente impera la “obligación” de dar a entender a los demás cosas superfluas y carentes de verdad. Me transmite frialdad, vanidad e hipocresía.

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¿De verdad somos más felices cuando lo gritamos al mundo? ¿Amamos más cuando lo hacemos ver a través de las redes sociales? ¿Cuando los demás cliquean más “me gustas”?

Tengo comprobado que las tecnologías nos tienen subyugados hasta el punto de creer que lo que no se plasma en una fotografía puede parecer que no ha pasado. No ha quedado constancia. Ni rastro. Y el momento, la sensación de disfrutar al máximo el instante. De ESTAR presente con todo lo que ello conlleva, casi ni cuenta.

Nos reunimos con amigos y debemos inmortalizar el segundo. Subirlo, etiquetarnos, poner un título gracioso y un par de hashtags. Y al fin descansamos. Ya hemos cumplido con esa parte imprescindible que comporta el acontecimiento. Podemos “comenzar” tranquilos a disfrutar del resto. Algo menos insustancial como las risas, las miradas cómplices, las palabras que tatúan el alma, los silencios que muchas veces expresan lo que la boca calla… Pero en fin, todo sea dicho, lo relegaremos a un segundo plano. Porque total, ¿Qué importa el contacto? ¿El tú a tú? ¿Esa sensación inexplicable que a veces surge entre personas que resulta imposible de deletrear? ¿Ese halo inconfundible que surge por un solo roce?

Luego están las personas que utilizan este tipo de medios como escudo. En él se sienten a salvo, más libres para decir lo que piensan, más valientes para juzgar incluso a veces para lapidar. No hay que dar la cara ni poner nombre, se sientan frente a un ordenador y todo es válido. Cualquier palabra, falta de respeto, opinión o crítica construtiva destructiva. Y te diré algo, soy una abanderada de la libertad de expresión, creo firmemente en ella, y la tomo como imprescindible e indiscutible. No cabe discursión válida sobre este tema en particular. Pero como todo en la vida, CON MATICES. Por favor, seamos consecuentes con lo que decimos. Seamos empáticos. Porque todo en la vida es cuestión de perspectiva, de ponerse en el lugar del otro. De tolerancia, respeto y educación. Que valores tan importantes como esos no decaigan, que no se esfumen y queden postergados a segundos escalafones. Deben primar. Siempre. Ante todo y PARA todo.

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El otro día, navegando por la red vi una foto que me llamó mucho la atención. Una madre sentada en el sofá con el móvil entre las manos pensando cómo poner en facebook lo mucho que quería a su hijo. Al mismo tiempo, el niño en cuestión, de unos dos o tres años aproximadamente, intentando llamar la atención de la madre a base de tirones en los pantalones porque quería comer. Y con esa simple imagen sobraban las palabras. Sobran ahora también.

Disfrutemos más. Pero como antes. A todo tren. Para nosotros. La fotografía más bella que represente la felicidad en todo su esplendor no será más que una utopía, porque no habrá momento para hacerla. El universo, en silencio, ya se encargará de congelarla en nuestra mente, en nuestros recuerdos y en nuestro corazón. Y no soy una negada de las tecnologías. Las utilizo y disfruto con ellas. Pero siempre en su justa medida, con cabeza, con raciocinio, intentando explotar lo bueno que nos aportan sin dejar que terminen dominando nuestro mundo.

Amemos más. Pero de verdad. Mirémonos a los ojos y dejemos que el resto fluya sin más. Recobremos las ansías por sorprender al de al lado sin maravillar al resto. Construyamos lazos con sensaciones, con momentos, con sinceridad. Dejemos de buscar palabras que galanteen la forma de comunicar. Basta con dejarse llevar. Con ser honestos con uno mismo. Con bucear en las profundidades de las entrañas y dejar que rebrote solo. Cuando se siente de verdad lo demás sobra. Y los poros de la piel se encargan de hacerlo ver. Porque las ganas vuelan incesantes sobre nuestras sombras. Y no se puede evitar.

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Vivamos más. Sin pensar si es el lugar idílico, si nos envidiarán por ello. Sin buscar el fondo perfecto, la óptica idónea o el brillo que remate una imagen de postal. No hacen falta cataratas, ni tener la ciudad a nuestros pies. No hace falta pisar el Himalaya o subir al último piso del Empire State.

Disfrutemos de la lluvia, de la tierra mojada, del café de las seis, de la conversación insustancial entre amigas en un bar muy cutre. Disfruta de la melodía que fluye entre las cuerdas de un violín. Disfruta con las personas entrañables, los abrazos sinceros y la sonrisa espontanea.

Quiero ser tan real como se pueda. Tan de carne y hueso que si me preguntas respondo, que si pellizcas me quejo y se me duele lloro.

Comprométete

Eres una persona extremadamente dulce. Eres dulzura en estado puro. Todo en ti es así. Tu forma de hablar, de expresarte, de sentir… Te miro y veo infinidad de cualidades. ¡Y tú sin saberlo! ¡Vaya paradoja! Tienes que creer más en ti. Me gustaría que lo hicieras. Que transformaras toda esa bondad que desprendes y consolidaras tu esencia. Que fueras consciente de las posibilidades que ofreces, que tienes.

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Saca el carácter. Vuélvete loca por un rato, o por mucho. Muérdete las uñas. Pellizca donde más duela. Equivócate. Deja de andar por las ramas y baja a la tierra de un salto. ¡Y qué si duele! ¡Y qué si fallas! No quieras controlarlo todo. No quieras agradar a todos. Eres como eres. Maravillosa, auténtica, extraordinaria. No intentes moldearte para encajar en ningún canon, porque no lo harás, no debes hacerlo. Brilla con tu propia luz. A sabiendas que otros querrán que se apague. No les des el gusto. No caigas en sus temidas redes.

Envalentónate. Salta y baila sin freno. Descarrílate. Enamórate de lo opuesto, de lo imposible. Y no declines ante nada. No bajes la cabeza. No aminores el paso. Suéltate el pelo, corre sin miedo. Mira adelante y canta. Grita si quieres. Que nadie enmudezca tus palabras. Que no se conviertan en silencios. Crece sin pensar en cómo. Madura con el tiempo. Déjate arrastrar por la sana locura. Y no tengas miedo.

Te lo pido. Coge tu corona de princesa y lúcela. Pero de verdad. Cómprala en el chino o en la tienda de la esquina. Llévala con orgullo. Allá donde camines te estarán mirando. Y tú así de feliz. Tanto como quieras. Me gusta verte sonreír. Tienes la sonrisa más bonita de todas, ¿Te lo había dicho?

No supliques amor. Él vendrá a ti algún día. Las cosas saldrán bien solas. Pero ya te lo digo, necesitas creer EN TI. Quiérete mucho para que otros te quieran. Refuerza tu autoestima. No quieras tenerlo todo atado. Deja que fluya. No intentes buscar porqués cuando no hay razones. Es y Es. Simple y llanamente. No te esfuerces cuando la tormenta está en contra. Hay veces que es necesario dejar ir. Perderse por otros caminos. Descubrir y asombrarse con parajes nuevos. Escala, investiga, rema, suelta el freno. Bucea en las profundidades. Enamórate del coral, del color de las aves, del verde de los campos.

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Hay muchas maneras de conquistar batallas. Tú eliges cómo.

Te lo aconsejo. Llénate la casa de post-its. Que te recuerden todo lo que eres. Llénala de buenas palabras, de buenos pensamientos, de extraordinarias ideas. Levántate con un “Buenos días princesa” asomando desde la lamparilla de tu cuarto. Que la palabra “sonríe” defina tu día. Pégala en el cristal del lavabo, acompañado de una carantoña de esas que inevitablemente surcaran una mueca en tus labios. Construye proyectos. Listas de cosas que te gustaría hacer. Y llévalas a cabo. Comienza en orden de prioridad. Lo que más ilusión te haga que encabece la lista. Te motivará a continuar. Y no pases a la siguiente hasta haberla hecho tuya. Hasta verla cumplida. Esas pequeñas victorias engrandecen el alma. Y te ayudan a florecer hasta límites insospechados.

Cambia de actitud. Radicalmente. Y haz lo que sientas. Sin miedo al “qué dirán”, ¡Ya ves! , ¿Qué más da?

Construye puentes, lazos a los que poder volver cuando te sientas sola, cuando queden ocultos los motivos para permanecer al pie del cañón, porque te aviso, ¡Ocurrirá! Lo bonito no permanece, al igual que lo feo, se esconden por momentos, y necesitas estar alerta, tener la fuerza necesaria para derribar los bloques y muros que te rodeen. Todo, absolutamente todo es como una espiral que no deja de girar. Igual estas arriba que abajo. Igual estás de un lado que de otro. Y todo cambia. Todo puede hacerlo con un simple CLICK. Y cambio de posición. Pero en eso mismo reside la grandeza. En la obligación de agradecer las cosas buenas que ocurren y disfrutarlas hasta no dejar ni gota, como en la necesidad de tomar lo malo como un reto y ser suficientemente fuertes y autodidactas para aprender de cada lección de vida.

Toma decisiones. Deja de lado las ganas de huir y comprométete. Con las personas, con las ideas, con tus aspiraciones, con tus deseos. CON LO QUE QUIERAS pero HAZ planes. No importa si todo comienza por apuntarse a un curso de BIKRAM YOGA o AQUAFITNESS. La importancia reside en tu predisposición a elegir. A saber qué quieres o qué buscas. Y si te equivocas lo dejas. Tantas veces como sea necesario. No temas fallar pero inténtalo. No te complazcas con seguir al resto. Que nadie decida por ti. Has de ser tu propio motor. Abastecerte de tus impulsos. PROBAR PARA CREAR. EQUIVOCARSE PARA ENCONTRAR.

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Hagamos un trato. No crucemos más palabras. Al menos por ahora. Que baste el silencio para entender que todo comienza con un cruce de miradas.

Espero verte al otro lado.

Mañana, ¿Quién sabe?

Que alguien a quien quieres te falle está en la lista “top” de las cosas que más duelen. Puede que la sitúe entre las tres primeras de la lista. Porque seamos sinceros, una caída duele mucho, desprenderse por los escalones como si únicamente fueras un saco de huesos te machaca enterito, pero… ¡Ay la decepción! Esa sensación de caer al vacío más profundo. De nublarse la vista y no encontrar palabras con las que lamentarse, las que describan exactamente cómo te sientes o qué esperas a partir de entonces. Porque el alma estalla sin compasión. Y los miles de cristalitos esparcidos por el suelo son tan diminutos que resultan imposibles de recomponer. Y ni siquiera sabes si deseas hacerlo.

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Es complicado vendarse los ojos y saltar sin cuerda por alguien. Pero lo hacemos. Siempre existe esa persona por la que navegaríamos sin rumbo. Por la que nos perderíamos sin saber qué será de nosotros. Por la que ni siquiera buscaríamos razones. El corazón basta, el impulso, el deseo de creer en la perfección de dos cuerpos, de dos almas que se encuentran para cabalgar al unísono, nos resulta suficiente.

Pero, ¿Qué ocurre cuando la persona por la que habrías sido capaz de hacer trizas tu mundo te decepciona? Que no queda nada. Ni ilusión, ni fe, ni ganas de que las hayan.

Soy una persona reservada. No me entrego a la primera de cambio, no desnudo mi corazón a diestro y siniestro. Soy precavida, bastante observadora y con una sensibilidad que ralla en el absurdo. No me gusta hablar por hablar, ni opinar por opinar. Intento ser lo más sensata posible y fiel a la persona que se oculta entre la imagen tan distinta que represento, de mujer fuerte, con un carácter imposible de domar. Con principios y creencias férreas. Con independencia y resolución.

Sin embargo, pocos saben que camino a tientas entre la gente, de puntillas, como un halo entre la muchedumbre floreciendo únicamente cuando creo que debo hacerlo. Cuando alguien se gana mi confianza hasta el punto de quedarme sin nada. Sin máscara, sin sombras, sin miedos.

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Por esa misma razón, la confianza es la base fundamental con la que construyo las relaciones que me rodean. Tiendo la mano aún sabiendo que podrás soltármela pero esperando que no lo hagas. Que decidas no hacerlo. Porque soy mucho más vulnerable de lo que crees. Y también me vengo abajo. También caigo  y necesito que me ayudes a levantar. Soy de carne y hueso, la sangre fluye por mis venas y mi corazón llora. Y no espero que seas el héroe del cuento. Ni que lleves la gabardina repleta de galardones. Te necesito a ti. Tan real como yo intento ser contigo. Transparente. Sin envoltorio. Sin parafernalia barata.

No quiero una decoración vintage, ni flores que endulcen el ambiente, no necesito velas que iluminen las sombras. No quiero regalos que enmascaren la verdad. No quiero sentir este dolor porque masacra todo lo que creía que éramos. Y duele mucho.

Necesito que seas capaz de mirarme cada día a los ojos con honestidad, sin medias tintas, con la cabeza erguida y la verdad por montera. No necesito florituras. Ni que intentes calmar mi sed. Me basto y me sobro para abastecerme. No quiero que suavices las palabras que quieres soltar por tu boca. Las dices y punto. Sin intermediarios ni intermitentes. Todo de una. No necesito que construyas castillos, ni puentes en los que cobijar tus ausencias. Sé que eres parco en palabras. Por eso te pido acción-ReAcción. Porque nunca he creído en lo que se dice hoy, y mañana se olvida. Es un “cada día”, no tener que dar nada por hecho. Porque igual que se hace se deshace. Y las personas tenemos límite. A veces, da la sensación de que jamás rallaremos en él, que la paciencia es infinita y el amor todo lo puede. Pero no es así. Un buen día te levantas y explotas. Y todo lo que has ido aguantando a lo largo del tiempo rebrota en ti y dices BASTA. La espuma comienza a salirse del tiesto y ni a dos manos consigues mantenerla a flote, se desmorona, se desploma al igual que tu mundo. Y de pronto eres otra, con diferentes metas, con distintos objetivos, con antagónicas prioridades. Y todo cambia. Y la pena es que no hay vuelta atrás. Que marcharé sin mirar por el retrovisor. Sin percatarme siquiera del equipaje y todo cuanto se queda en tierra firme. Apretaré el acelerador tan fuerte, que se formará una buena humareda. Para dejar constancia de “Yo estuve aquí y te quise”. Para que segundos después siga recordándote todo lo que marchó. Sueños, vida, lucha, esperanza y AMOR.

mujer-adios

Por eso te digo, que no sea necesario perder para valorar. Hoy estoy aquí, mañana… ¿Quién sabe?

“Siempre supo lo que tenía, pero jamás pensó que lo perdería”.